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Editorial
El hijo del huracán
Un día, el mundo se dio cuenta de que Castro era un dictador que perseguía a todos sus detractores donde estuvieran.
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Sábado, 26 de Noviembre de 2016

Negarle lugar en la historia como uno de los más grandes líderes del mundo en el siglo 20 es, además de ignorancia, un desatino movido por una de las dos más grandes pasiones que despertó el tormentoso cubano Fidel Castro: amor y odio.

Siempre rebelde, bien educado por los jesuitas, Castro descubrió que tenían razón los maoístas que pregonaban que el poder nace de la boca del fusil, y con uno en mano y al frente de un reducido grupo de más aventureros que combatientes, arrasó con la dictadura del sargento Fulgencio Batista y se tomó el poder en Cuba.

Fue el 1 de enero de 1959. El huracán de la revolución marxista-leninista lo parió como héroe de la juventud latinoamericana, que lo exportó al mundo entero y lo puso a la cabeza de los humillados y de los ofendidos, y del más grande ejército de soñadores de la historia. El fusil se hizo símbolo sagrado de la muchachada.

Colombia, Venezuela, Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Panamá, Granada, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Bolivia, Angola, Puerto Rico, uno a uno, los países vieron cómo sus jóvenes sucumbían al embrujo de las palabras del Mesías hecho guerrillero, combatiente, compañero, camarada, mientras la guerra revolucionaria incendió la pradera del mundo No Alineado a partir de una minúscula chispa que destelló en La Habana.

Ser revolucionario fue, entonces, ser fidelista o castrista o procubano y tener un triple camino: a través de las armas conquistar el poder, encaminar la sociedad hacia el comunismo por la senda del socialismo romántico, y socavar la tierra bajo los podridos pies del capitalismo agonizante.

Un día, el mundo se dio cuenta de que Castro era un dictador que perseguía a todos sus detractores donde estuvieran y que ejercía con fuerza todos los poderes que asumió mientras tronchaba todos los sueños libertarios de su pueblo.

Ya había derrotado al ejército de cubanos y mercenarios apertrechados por Estados Unidos que intentaron tomarse Cuba desde Bahía de Cochinos. De algo le sirvió su experiencia como combatiente del Movimiento 26 de Julio con el que llegó a La Habana y al poder pocos años antes.

Fidel, como prefería ser llamado, se movió por el mundo como un pequeño gigante que, en un momento de delirio, aprovechó la Guerra Fría para colocar al mundo al borde del abismo termonuclear. Misiles soviéticos sembrados en su isla, como parte de un acuerdo con Moscú, alcanzaron a sentir los afanes del alistamiento por parte de los técnicos.

Un apresurado mensaje de Nikita Khruschev a John Kennedy le dio nuevas esperanzas al mundo y marcó el comienzo del fin de la Guerra Fría, cuya victoria el propio Fidel adjudicó a Estados Unidos. Tan pragmático se hizo de viejo.

Llegó tan lejos, que un día, de buenas a primeras, abjuró de su credo y dejó a su religión revolucionaria en una encrucijada de la que no ha salido: la vía armada es inútil, dijo en voz tan alta que lo escucharon, desilusionados, los guerrilleros del mundo entero.

Poco a poco, el hijo del huracán se fue haciendo solo un soplo de aliento para todos aquellos a los que adiestró, armó y envió a construir en América Latina “uno, dos, mil Vietnam”.

Y ese soplo se extinguió, pero dejó un lugar que, por ahora, nadie llenará. Por fortuna, dirán unos; por desgracia, los demás.

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