Una particularidad de la historia es la de ser como una rueda que nunca se detiene, que gira y gira y algún día trae al presente la verdad que se intentó ocultar.
Es la historia la que confirma si un héroe de ayer lo fue realmente, o si solo se trató de uno alzado a la gloria por las circunstancias del momento, sin importar que fuera una estatua de oro con pies de fango clavados en el miasma del momento.
Se le consideró durante largos años el héroe de los héroes de la dura guerra contra los carteles del narcotráfico, aunque para combatir a uno se hubiera aliado con otro, y se le cantaron alabanzas como a un dios flamante del Olimpo policial del planeta. Era el mejor investigador de todos, el oráculo consultado por todos, el santón reverenciado por todos, condecorado por todos...
Porque eso —y mucho más— fue el general Miguel Alfredo Maza Márquez, mientras fue director del Departamento Administrativo de Seguridad (Das), poder al servicio del poder presidencial durante algunos gobiernos.
Ese fue el pasado. Pero la historia lo ha desenterrado y develado la realidad de este policía que fue incorruptible hasta cuando le demostraron lo contrario. Y lo hizo la Corte Suprema de Justicia, que lo condenó a 30 años de prisión por delitos como homicidio con fines terroristas y concierto para delinquir.
El asesinato de Luis Carlos Galán Sarmiento, ad portas de ser el presidente de Colombia, cuyas investigaciones intentó desviar muchas veces, inculpando a un grupo de inocentes o plantando falsas pruebas o acusando a discreción, fue para Maza el giro de tuerca que convirtió al más policía de los policías en un delincuente de muy baja estofa, pues puso al Estado, del que era agente, al servicio del hampa.
El crimen sería posible solo infiltrando el poderoso esquema de seguridad de Galán de 85 escoltas. Y Maza Márquez lo hizo: puso como coordinador a un sicario de narcotraficantes, y a 18 más los dotó de carné de inteligencia militar y los envió a proteger al candidato.
Ese coordinador —Jacobo Torregrosa— y los 18 cómplices fueron asesinados uno a uno, en circunstancias extrañas y poco investigadas, con el fin de preservar el secreto que la insistencia de la familia Galán y las infidencias de una vedete de televisión terminaron por descubrir.
A pesar de sus 78 años, Maza Márquez no irá al hogar a purgar la pena: la Corte lo impidió y ordenó recluirlo en una prisión.
Lo que pasó con el gran policía recuerda lo ocurrido a su amigo y cómplice, Alberto Santofimio Botero, que en su tiempo fue la más joven y rutilante estrella de la política colombiana, y ahora también está preso, por el mismo crimen, que él instigó en razón de sus aspiraciones presidenciales.
En circunstancias normales, la historia de Maza Márquez y Santofimio sería ejemplarizante. Pero, como se perciben las cosas, en Colombia no lo será. No, en tanto las mafias mantengan bajo su poder a parte del Estado y dispongan de todos los recursos oficiales para su exclusivo beneficio.
Pero la historia, como rueda que parece, da vuelta y vuelta…
