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Editorial
El dedo acusador de Vielma
Desarmar los espíritus tiene que ser la meta entre dirigentes venezolanos y colombianos cuando se dirijan a sus vecinos.
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Domingo, 27 de Marzo de 2016

Fijación. Cortina de humo. Impacto mediático. Lo cierto es que solo falta que diga que el severo impacto del fenómeno de El Niño sobre el clima, en Venezuela,  es culpa de Colombia. El gobernador del estado Táchira, José Gregorio Vielma Mora, siempre encuentra culpables a los colombianos de todas las tragedias de la violencia que golpean a su país, y en especial a la fronteriza zona que gobierna el mandatario chavista.

Y en sus señalamientos acusadores, también hay una figura política colombiana a la que tampoco olvida cuando de buscar responsables allende de sus límites territoriales. Se trata del expresidente y senador Álvaro Uribe Vélez,  con el que el dirigente tachirense mantiene constantes enfrentamientos conceptuales, por los medios de comunicación y en las redes sociales.

Ahora la excusa para cargar contra nuestro país es el asesinato del diputado suplente del Consejo Legislativo del Táchira, César Vera, muerto violentamente en Ureña. Desconociéndose cuáles son sus fuentes, lo primero que hizo Vielma Mora fue levantar el dedo acusador contra su vecino, al que le tiene cerrada la frontera desde hace siete meses.

Cuando ni siquiera la justicia venezolana ha encontrado las hipótesis, el gobernador del PSUV salió a indicar ante la prensa que se trató de una operación paramilitar. “Lamentamos el uso de la parapolítica, un mal engendrado desde Colombia por Uribe Vélez y hoy lo tenemos en Venezuela. Hay un plan de la derecha para generar desestabilización y zozobra en ciudades”, pero esta versión de Vielma Mora dista de la que empieza a tejerse en Venezuela y que apuntaría hacia una retaliación delincuencial.

Fuera lo que fuere, es muy importante la voz que se levantó desde la Cancillería colombiana que defiende la tesis de que los problemas comunes de inseguridad en la zona limítrofe no se resuelven con la mediática acusación a los vecinos, una costumbre a la que acude el gobernante tachirense, y cuyas huellas se encuentran en las abundantes declaraciones periodísticas. Los titulares lo prueban: “Paramilitares se presentan como héroes en la televisión colombiana”. “Dirigentes opositores  compraron votos a bandas paramilitares para traficar en la frontera”. “Es un tipo de apoyo paramilitar contra Venezuela, una incitación al odio y al revanchismo”.

Pero la realidad muestra situaciones absolutamente distintas. Fue Venezuela la que cerró la frontera. Es en ese país donde hay graves señalamientos hacia los carteles de la droga manejados por miembros de la alta oficialidad de las Fuerzas Militares, tampoco es un secreto que en territorio del vecino país se escondan miembros de la guerrilla colombiana.

A grandes crisis, grandes soluciones. Es por eso que en la construcción de una nueva relación fronteriza, los gobiernos de Bogotá y Caracas deben proceder a estructurar, por las vías diplomáticas y con gentes de la frontera, una especie de ‘manual’, ‘política’, ‘estrategia’ u ‘hoja de ruta’ de las relaciones fronterizas, con el propósito de humanizarlas, de elaborar planes comunes contra la delincuencia común y organizada, de combatir sin cuartel el contrabando, definir asuntos como el de  la venta de gasolina venezolana a los habitantes de Norte de Santander, La Guajira y Arauca, regular el mercado cambiario y demás asuntos de la convivencia limítrofe.

Simultáneamente debe grabarse, bien puede ser en letras de mármol, el compromiso de descartar, desechar y no volver a utilizar el lenguaje incendiario que tanto daño les hace a quienes residen a uno y otro lado del río Táchira. Desarmar los espíritus tiene que ser la meta entre los dirigentes venezolanos y colombianos cuando se dirijan a sus vecinos, pues Colombia y Venezuela fueron unidas por la naturaleza para perdurar como naciones hermanas.  

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