Marrullas, es el término preciso para referirse a todo lo que ha criticado con dureza en otros pero que ahora, con muy poco éxito, intenta en favor suyo el procurador Alejandro Ordóñez.
En los procesos judiciales, como el que avanza en el Consejo de Estado en busca de anular la reelección de Ordóñez como procurador general, hay recursos reglamentados por la ley a los que tienen derecho todas las partes, pero, en el caso de Colombia, y por habilidad de los abogados, ha hecho carrera la marrulla.
Se entiende como tal toda astucia tramposa o malintencionada, ‘indigna y desleal’, como la planteada por el procurador para dilatar el proceso, que ya lleva tres años sin resolverse, por razón de recursos, impedimentos, recusaciones y nulidades, en síntesis marrullas, que han planteado él y sus abogados.
El efecto de todas estas acciones dilatorias de Ordóñez es claro: después de tres años largos, se mantiene en el cargo, y con muchas posibilidades de que antes se termine el período para el que lo eligieron, que culminar el proceso.
Esta vez, cuando se iba a reanudar la discusión de la ponencia que decide su suerte en el Consejo de Estado, Ordóñez madrugó a recusar a los magistrados Stella Conto y Alberto Yepes, porque, según el procurador, filtraron detalles del contenido de la ponencia con la que declaran nula su elección.
La respuesta obvia del Consejo de Estado fue negar la recusación, pedir que investiguen disciplinariamente al procurador, decirle que su solicitud “es un acto contrario a la dignidad de la justicia y a la lealtad y la buena fe”, y señalar su conducta como “improcedente y dilatoria”.
En este caso, al procurador le sucedió igual que al personaje cervantino que “fue por lana y salió tresquilado”, pues, además de que el tribunal lo regañó le negó su solicitud y pidió investigarlo, se alineó mayoritariamente en favor del fallo que reconoce la ilegalidad de la elección.
El año pasado, las cuentas indicaban que el Consejo de Estado decidiría en favor del procurador; en esta oportunidad, los cálculos son de 12 magistrados partidarios de que se vaya, contra solo ocho que podrían favorecerlo.
Y, de seguir con sus dilaciones, los votos que aún lo favorecen podrían ser cada día menos: a veces entre los jueces se despierta una fuerte solidaridad de cuerpo que genera unanimidades contundentes, incluso, y con mayor razón, ante personajes poderosos.
La elección de Ordóñez fue demandada con el argumento de que hubo votos nulos, pues entre los electores había varios que tenían con relaciones de amistad con el elegido, y no se declararon impedidos.
Desde entonces, al menos en cuatro oportunidades el Consejo de Estado ha dilatado la decisión, por maniobras jurídicas de Ordóñez que le han resultado positivas. Pero, en esta oportunidad, el Cristo parece haberse puesto de espaldas.
Y él lo sabe, en especial desde cuando empezó a soñar con la posibilidad de ser presidente de la República y sintió que todas las fuerzas políticas que lo apoyaban, parecieron languidecer, cuando no abandonarlo.
Él, que se ha ganado tantos enemigos por el ejercicio politizado del cargo, debe entender con claridad que con la vara que ha medido lo están midiendo.
