Es válido pensar que todos los colombianos anhelan la paz y, desde luego, con las excepciones que no faltan, no hay quien esté del lado de la prolongación del conflicto armado que desangra el país desde hace más de medio siglo con acciones atroces de los actores enfrentados, de distintos bandos.
Sin embargo, hay diferentes interpretaciones de la paz. Mientras unos la entienden como una mera dejación de las armas, otros estiman que su consolidación requiere cambios que erradiquen los desajustes que han hecho vulnerable y débil tanto al Estado como a la sociedad.
Se requiere buscar un acuerdo que garantice el fortalecimiento institucional basado en una democracia de libertades y derechos, con igualdad de oportunidades para todos y donde la vida no esté a merced de ondulaciones inciertas, ni de intereses particulares, sino que sea un activo fundamental del quehacer humano.
El acuerdo de paz que se abrió paso entre el Gobierno y las Farc y cuya refrendación fue propuesta en el plebiscito del 2 de octubre representa un avance importante en la búsqueda de una salida estable y duradera al conflicto armado a pesar de que la mayoría de los votantes le dijo no.
Esa decisión ha creado una situación de suspenso respecto a lo ya conseguido.
Quedan planteadas diferencias que obligan revisar el proceso, pero conviene no tomar esa coyuntura como algo imposible de reconsideración.
Tiene que imponerse la sensatez. Ahora más que nunca hay que demostrar que la paz es mucho más que la conveniencia particular de alguien. Es un derecho fundamental y es un bien colectivo no amarrado a caprichos, ni a interpretaciones temperamentales.
Hay que confiar en que los dirigentes colombianos tienen el suficiente temple para salvar el Acuerdo de paz y no permitir la regresión a lo que ya había alcanzado un nivel de superación.
Todo ello pasa, sin duda, por la disposición que tengan las Farc para debatir nuevas propuestas.
Frente a lo que está en curso ha surgido la movilización de estudiantes, de víctimas y de voceros de organizaciones sociales. Se están dando manifestaciones ante las cuales no cabe la subestimación.
Son corrientes de opinión que cuentan en la realidad del país. Y se deben promover más actos públicos que hagan visible el ánimo de los colombianos en relación con la paz.
Norte de Santander no debe estar al margen de esas manifestaciones. Los estudiantes, las víctimas, los trabajadores y en general, la sociedad civil, tienen que asumir una actitud militante para defender la paz en términos que pongan a Colombia en el rumbo de una nación con espíritu de convivencia, de tolerancia, de respeto a las diferencias y de estimación de la vida en toda su potencialidad.
La asimilación de los resultados del plebiscito no puede llevar a la distorsión de la construcción de la paz. Los que se están manifestando en defensa de las posibilidades que se manejan saben que no dejan de presentarse dificultades. Pero las llaves no se pueden tirar al fondo del mar.
El gran reto es demostrar que la paz es posible por encima de las mezquindades y que Colombia está en capacidad de no repetir las desgracias de la guerra.
