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Editorial
Desempleo juvenil
Hay que admitir que el momento económico no es el mejor.
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Domingo, 1 de Mayo de 2016

Es apenas obvio que, en las actuales circunstancias del empleo, Cúcuta registre la más alta cantidad de jóvenes desocupados de Colombia. Al fin y al cabo, nuestra ciudad tiene la mayor cantidad de personas en general sin empleo.

Pero, que sea obvio, no significa que no sea grave, no solo por el muy grave deterioro de la capacidad adquisitiva, sino por los sentimientos de desesperanza y de pesimismo que surge en los muchachos al encontrar cerradas para ellos todas las puertas del mundo laboral.

Las estadísticas oficiales indican que de unos 65 mil cucuteños sin empleo, la mitad, unos 33 mil, la integran menores de 29 años, de los cuales, 20 mil, más o menos, son mujeres (la proporción entre los jóvenes es de seis mujeres por cada cuatro hombres sin empleo).

Y la tendencia es a incrementarse el desempleo juvenil, pues no aparecen por parte alguna los programas que enfrenten el fenómeno en la ciudad capital del desempleo colombiano. Ni por parte del Estado ni por parte de los particulares se aprecia preocupación por la generación de puestos de trabajo.

Los planes gubernamentales de desarrollo, además de enunciar el problema y plantear formulaciones teóricas sobre lo que se debe hacer para generar empleo en general, carecen de propuestas concretas y realistas que, de verdad, ayuden a paliar un problema que se prolonga por años…

No hay políticas estructurales de corto, mediano y largo plazo que permitan reducir el número de desocupados. Eventualmente hay programas oficiales muy temporales para satisfacer necesidades de empleo de personas reinsertadas en la vida civil, o desplazados por la violencia, pero ninguno que dure más de 90 días.

La informalidad, en la que mayoritariamente escampan los jóvenes, se está reduciendo en lo relacionado con el comercio ilegal con mercancías de contrabando y la mensajería motorizada, debido principalmente al cierre de la frontera.

Ir a San Antonio y Ureña, comprar mercancías y traerlas a Cúcuta en motos, para revenderlas, que durante años fue la fuente de ingresos, en especial para los jóvenes, es una opción que ya no existe y a la que no se podrá regresar.

En buena hora, la Alcaldía de Cúcuta ha emprendido planes drásticos para enfrentar el contrabando de todo tipo de mercancías y su venta ilegal en las calle y ha puesto a funcionar, aunque sea de modo parcial, los mecanismos de control destinados a erradicar el delictivo y peligroso comercio callejero de combustibles.

Pero, a cambio, no se perciben mayores esfuerzos para apoyar a los jóvenes que son obligados a retirarse de esas actividades ilegales que, al fin de cuentas, son su única fuente de ingresos.

La alternativa es dolorosamente conocida: sin ingresos, sin mayores cosas que perder, muchos siguen yéndose a la criminalidad organizada, atraídos por la posibilidad de un dinero que les permita satisfacer sus necesidades elementales, sin importar que a cambio arriesguen su libertad y hasta su vida.

Hay que admitir que el momento económico no es el mejor para pensar en que la empresa privada cree plazas de trabajo, pero si, por ejemplo, el gobierno de Norte de Santander condiciona a los concesionarios de las nuevas vías nacionales a que empleen mano de obra regional, esa sería una buena contribución.

En otros países, la mayoría de empleos del sector de los servicios es para la juventud. Acá se puede pensar en propiciar que los planes de ecoturismo sean estímulo para generar empleo en hoteles, restaurantes, transportadoras…

Hay que tener en cuenta que este sector de desempleados es, en realidad, altamente calificado académicamente (37 por ciento tienen educación superior), que es un factor adicional para cualquier programa, oficial o privado, destinado a emplearlos.

Si no hay planes de empleo, en cualquier sentido, para los muchachos, no habrá cómo evitar que se vaya a donde nadie quiere que se vayan…

 

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