Ahora, el exprocurador Alejandro Ordóñez tendrá tiempo para reflexionar sobre su desempeño como vigilante de la conducta de los funcionarios públicos, es decir, sobre su propia conducta, de la que no era posible decir nada sin recibir una andanada verbal cercana al vituperio.
La soberbia y la incoherencia, sin embargo, parecen ser los dos fenómenos más notorios en el Ordóñez procurador: la intransigencia, el fundamentalismo y esa manera de acomodar las normas legales las traía de antes, de cuando quemaba libros en Bucaramanga —los consideraba corruptores—. Quizás de antes.
Ordóñez no es, ni mucho menos, un mártir de la democracia, como exclaman sus amigos. Es un hombre al que su soberbia lo llevó a sentirse mucho más arriba de la ley, que no tenía reparo en usar interpretándola desde su muy particular visión, en algunas ocasiones, fundamentalista.
No puede ser mártir de nada un procurador general que desconoce normas constitucionales básicas, solo porque no le convienen, y porque nadie se atrevía a oponerse a sus caprichos. Así, nombró como funcionarios de la Procuraduría a parientes de magistrados que lo postularon para ser reelegido Procurador General de la Nación. Y eso lo prohíbe de manera rotunda el artículo 116 de la Constitución que Ordóñez juró respetar.
Y porque demandaron estos hechos irregulares, Ordóñez se declaró víctima de persecución del Gobierno, y con leguleyadas dilató, durante casi cuatro años, el proceso en el Consejo de Estado que, el miércoles, anuló la elección, que Ordóñez no dudó en señalar como el cumplimiento del “primer pacto de La Habana”.
Así mismo, Ordóñez, a sabiendas de que actuó contra la ley y que permitió que magistrados de la Corte Suprema la violaran también, se dedicó a recusar por trivialidades a los miembros del Consejo de Estado que tenían a su cargo del proceso de anulación.
Tampoco es alguien en quien se pueda confiar. Usó los recursos del Estado para labrarse, desde su cargo, un lugar entre los presidenciables, descalificando a cualquiera que pudiera representar un obstáculo para sus aspiraciones, pero sin chistar una sílaba sobre otros, que pueden significarle un apoyo en el futuro.
Ordóñez es opositor férreo a los Acuerdos de La Habana y, en consecuencia, al proceso de paz con las Farc. Y esa actitud, en uno de los más altos funcionarios del Estado, lo deja muy mal parado, no solo con Colombia, sino con la humanidad.
Pero, como a todo ídolo con pies de barro, las primeras lluvias lo derribaron, y en una tarde cayó del cielo en el que actuaba como Júpiter tonante, a la tierra llana y fangosa, por razón de muchas decisiones judiciales a las que se opuso: matrimonio igualitario, adopciones por los gay, aborto, eutanasia… entre otras.
Su conducta como vigilante de la conducta de los funcionarios del Estado es altamente cuestionable: se olvidó de sus funciones para dedicarse al partidismo, y eso es imperdonable, en especial en alguien que cuestionó a otros por hacerlo…
