Caquetá, Putumayo y Guaviare son escenario de la guerra desde antes de que las Farc nacieran, y sin embargo, a las gentes de esos territorios nadie, ni el gobierno mismo, les atribuye la violencia que ha habido allí ni las estigmatiza como zonas a las que está vedado ir si no se quiere morir al llegar.
Sería una injusticia absoluta señalar a los habitantes de esos departamentos como responsables de la violencia que han sufrido durante casi sesenta años o de la inseguridad que hasta hace muy poco reinó en sus campos. Allí, la guerra ha alcanzado niveles de violencia increíbles, pero esa ha sido una guerra ajena.
Lo mismo ha ocurrido en Tolima, Huila, Sucre, Bolívar, Antioquia, Cauca, Chocó y en Arauca y en Casanare y, en fin, en todo el país, con dos o tres excepciones, y de la guerra allí nadie es acusado de responsable ni se le mira mal ni se le estigmatiza.
Se entiende que debe ser así. Todo el país ha vivido una guerra que no es suya, que impusieron en sus territorios, una guerra que a todos nos ha hecho víctimas, una de la que son responsables solo unos pocos, muy pocos, por cierto.
Todo eso lo entiende el país, lo entienden los mismos combatientes, lo entiende el gobierno, lo entendemos todos en Norte de Santander.
Lo que no comprendemos es por qué nos miran feo, por qué nos acusan de lo que no hemos hecho, por qué nos señalan con el dedo como si fuéramos leprosos. Y lo decimos por la gente de Catatumbo, nuestro Catatumbo.
Desde lo más alto del gobierno nacional nos miran con recelo. Esa es la razón, no vemos otra, por la cual, para Bogotá, Catatumbo es Ocaña o, si acaso, Tibú, y con temor, y por eso de allí muy pocos pasan.
Y esto incluye al gobierno departamental, y a los congresistas, y a los líderes políticos en general. Da la impresión de que para ellos quizás sería mejor que esa zona rica, hermosa y desconocida le perteneciera a otro departamento, para así evitarse los reclamos por su desidia, su desinterés y su negligencia.
Salvo Chocó, y parte de la Amazonia, estamos seguros de que ninguna región está más atrasada, marginada y vilipendiada que todo nuestro Catatumbo, que le ha dado a este país todo su petróleo y su sangre y su vida.
Y si en el gobierno quieren señalar a los culpables, pues que comiencen por ellos mismos, por presidentes, ministros y congresistas.
Y, aún así, sin saber nada, se refieren a San Calixto, Convención, El Tarra… con desdén, como si les molestaran, como si prefirieran que ni siquiera fueran puntos en el mapa.
Pero son más que puntos, son poblados donde la gente trabaja más que en otras partes, porque carecen de todo. Sus carreteras son una ofensa que los grupos al margen de la ley se han encargado de perpetuar con sus ataques irracionales contra la infraestructura.
Hace poco, el gobernador de Norte de Santander, en un destello de lucidez, pidió ayuda para darle a Catatumbo una universidad y un centro experimental como el de Las Gaviotas, en Vichada, ambas, en verdad, soluciones inaplazables e idóneas, que le vendrían muy bien a El Tarra, corazón de Catatumbo.
Pero tal parece que todo se quedó en el discurso.
