Norte de Santander es uno de los cuatro departamentos de Colombia donde hay más personas sin recursos para comprar alimentos y para prepararlos. Pero, grande y vergonzosa paradoja, es, también, uno de los cuatro donde más comida va a la basura, incluso en las etapas de producción y distribución.
Cifras que acaba de revelar el Departamento Nacional de Planeación dejan a cualquiera con los pelos de punta, de la gran impresión al conocer la realidad y del desasosiego que surge al saber que mil millones de personas en el mundo van a dormir sin probar comida.
Cundinamarca, Santander y Boyacá (famosos, porque supuestamente son los departamentos donde mejor se alimentan las personas) y Norte de Santander, desperdician 1,7 millones de toneladas de alimentos cada año.
Es una cifra escandalosa, si se considera que el desperdicio de todo el país es de 9,7 millones de toneladas. Significa que los cuatro departamentos tiran a la basura la quinta parte de toda la comida que desperdiciamos los colombianos.
Si tal cantidad de alimentos no se perdiera, quizás no habría necesidad de importarlos: Colombia compra 10,3 millones de toneladas, exporta 4,4 millones y produce 31,6 millones de toneladas, de las cuales, el 30 por ciento de las cuales van camino directo a los basurales.
La situación es más grave para nuestro departamento, pues es el que tiene el cuarto índice de indigencia (pobreza extrema) del país, 6,9 por ciento, y es uno de los tres con mayor índice de pobreza monetaria, 32,9 por ciento.
El fenómeno de la comida que va a la basura en Colombia es increíble: con sus 320 millones de habitantes, Estados Unidos, llamado el reino del desperdicio, tira a la basura cada año 40 millones de toneladas de alimentos. Es monstruoso.
Pero, entonces, ¿cómo llamar lo que hacemos 45 millones de colombianos con los 8,7 millones de toneladas que van al mismo destino? Según estadísticas, cada estadounidense desperdicia un octavo de tonelada (125 kilos) de comida al año; cada colombiano, el doble: un cuarto de tonelada (250 kilos), más o menos.
En el fondo, algo muy grave está sucediendo, y no somos conscientes: en tanto cientos de miles de toneladas de comida se pierden para siempre, los niños de La Guajira mueren de desnutrición y de física hambre. También los adultos.
Los alimentos se pierden en los cultivos y las granjas, por malas prácticas o por falta de recursos técnicos para el cuidado de las siembras o de las crías, en el proceso de recolección, durante el empaque y luego en la distribución.
Acá está el Estado, que no dota de la infraestructura necesaria y adecuada a las zonas de producción, y quizás esta razón exculpe al productor, porque, en su caso, hay pérdida, no desperdicio de alimentos, aunque en el balance general el resultado es uno solo: a la basura va casi tanta comida como la que ingerimos.
También los alimentos se pierden en la tienda, porque por malos cálculos adquieren de los productos cantidades mayores a las que venderán, y entonces una gran parte de ellos caduca y se convierte en basura.
Finalmente, el consumidor hace el resto: compra más de lo que realmente necesita, convencido por la mercadotecnia, y prepara más de lo que consumirá, y el basural es el destino del resto. Y allí caben los restaurantes, donde la comida de sobra es una norma permanente.
¿Qué hacer? La solución es compleja, pero en ella debe estar, ante todo, el Estado, con medidas de todo orden, pues se menester modificar desde prácticas culturales hasta políticas económicas, pasando por programas que eduquen a la gente en cuanto a aprovechar los excedentes y canalizarlos hacia organizaciones de beneficencia y bancos de alimentos.
Lo importante es que ningún colombiano siga desperdiciando comida en tanto otros colombianos mueren de inanición. Esa es una terrible realidad.
