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Editorial
Bravo y breve
El mérito de Pinilla tiene que ver con la exigencia a los demás magistrados para que renuncien.
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Martes, 5 de Julio de 2016

Por fortuna, hoy se comprueba que no fue más que un temor infundado: en Colombia no se han acabado los hombres probos, aquellos capaces de decir lo que deben decir, aún a costa de su propio bien.

El exmagistrado de la Corte Suprema y de la Corte Constitucional Nilson Pinilla demostró que, ante la corrupción que carcome al país y lo necrosa, él es uno de estos escasos hombres que hacen tanta falta en el campo de lo público.

Ocurrió el lunes, durante la celebración de los 25 años de la Constitución Política de Colombia, en Rionegro (Antioquia). Allí, voz de la justicia, con cuatro frases y mirando a los ojos de sus excolegas, a quienes les sugirió renunciar, Pinilla se convirtió en el profeta de la moral pública.

“Por Dios, háganse respetar”, les habló duro a sus excolegas. “Ustedes no pueden seguir sentados en la misma mesa de análisis de la Corte Constitucional, con dos bandidos allí incidiendo en sus determinaciones”.

Se refirió a los magistrados Jorge Pretelt y Alberto Rojas Ríos, involucrados en un escándalo de grandes proporciones, por la supuesta aceptación de sobornos por 600 millones de pesos para favorecer a la empresa Fidupetrol en un proceso judicial de 22.500 millones, promovido por el departamento de Casanare.

El mérito de Pinilla tiene que ver con la exigencia a los demás magistrados para que renuncien y con el hecho de que, hasta ahora nadie, de manera pública, había llamado bandidos ni a Pretelt ni a Rojas.

Incluso fue más allá, y confirmó que Pretelt es parte del ejército, infame y cruel, de despojadores de tierras de campesinos en el marco de la siniestra noche paramilitar que reinó durante largos años en zonas de colonización de las que se hizo huir a miles de personas a las que les robaron hasta la esperanza.

Según denuncias, Pretelt resultó dueño de la finca “No hay como Dios”, en Turbo, cuyos propietarios, los Padilla, la reclaman, porque según ellos algunos paramilitares los presionaron para que la vendieran a menosprecio, es decir, a como les quisieron pagar. Cómo llegó la finca a manos de Pretelt es lo que aún no es claro para nadie.

Por eso, el reclamo duro, oportuno, justo y público de Pinilla a toda la Corte Constitucional. Él, simplemente, se hizo vocero de millones de colombianos que esperan que la justicia se limpie de la escoria que la hunde en el precipicio de la corrupción, de la impunidad, de los padrinazgos políticos, de las ansias de poder… 

“¿Cómo pueden ustedes desconocer los derechos de los desplazados, con un ‘desplazador’ ahí sentado en frente de ustedes?”, les preguntó iracundo Pinilla a los magistrados. No recibió respuesta, obviamente. 

Ninguno de los magistrados tiene autoridad moral para responder; nadie mejor que ellos, maestros de la ley, sabe que no solo es corrupto el que hace lo que no debe, sino también el que, debiendo denunciar, calla, tolera y solapa, y permite que violen impunemente las normas que, con todo rigor, aplican a otros.

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