Aunque lo desvirtúe la propia congresista Viviane Morales, su manera de legislar recuerda la sharia, esa muy particular costumbre musulmana de configurar el Estado en el sentido de cómo se interpreten los preceptos religiosos del Corán. La Biblia, para el caso de Morales.
Sin duda sus creencias religiosas como miembro de una iglesia protestante y su condición sicológica de madre de una lesbiana, parecen ser, al menos en parte, los más sólidos argumentos para oponerse sistemática, casi que obsesivamente, a que parejas homosexuales o personas solteras puedan adoptar.
Porque, en la lógica, su idea —que endosa a los ciudadanos para que decidan en un referendo— está montada en contradicciones, en falta de información adecuada y en un notorio afán por negar la realidad.
Una gran contradicción consiste en pregonar que los hijos de parejas heterosexuales no podrían desarrollar tendencias homosexuales, como sí los hijos de parejas gays, y al mismo tiempo, en el caso de la senadora, ser madre de una hija lesbiana nacida en una familia tradicional.
Argumentar estudios supuestamente científicos como el de Mark Regnerus, de la Universidad de Texas, es ignorar que la propia Asociación Americana de Sicología los condenó en un informe a la Corte Suprema de Estados Unidos.
“Los artículos de Regnerus y otras fuentes en las que los opositores del matrimonio gay a menudo se basan no proveen base alguna para sus argumentos, ya que estos estudios no examinan directamente el bienestar de los niños criados por padres del mismo sexo”, dijo el estudio.
Y es que, la verdad, hasta ahora no hay evidencia científica que demuestre que hijos criados por parejas homosexuales tengan un desarrollo diferente al de los hijos criados por parejas heterosexuales.
En cambio, hay pruebas de sobra —incluso de personas criadas en hogares igualitarios, que son definitivamente heterosexuales—, que demuestran que están equivocados quienes esperan que ser hijo de una familia así no influye para nada en las preferencias sexuales.
Sobre adopción igualitaria hay recientes conceptos favorables del Instituto Colombiano de Bienestar familiar, la Defensoría del Pueblo, el Ministerio del Interior y universidades como Los Andes, Nacional, Externado, Icesi, del Valle y de Antioquia.
Sin embargo, no es clara la razón por la cual estos centros de estudio, todos de los mejores de Colombia, pueden estar equivocados y la senadora Morales no.
Tampoco es claro el por qué una persona soltera no puede adoptar y salvar así a un niño de la miseria, de la enfermedad, de la falta de cariño y de educación.
En la insistencia de Morales y quienes la respaldan se percibe un espíritu intolerable de agresión contra solteros y homosexuales, que, en la misma línea de elaboración conceptual de la congresista puede llevar a pensar que quizás en el proyecto hayan influido experiencias familiares pasadas. No todas las parejas son iguales, por fortuna. Tampoco, todas las familias heterosexuales generan hijos exclusivamente heterosexuales, ni son gay los hijos de las parejas igualitarias.
Así que, quizás, lo mejor sea archivar un proyecto que solo se hará efectivo cuando el pueblo lo vote en un referendo, lo cual es democráticamente viable, pero económicamente insoportable.
