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Editorial
Avances y retrocesos
La aceptación de la solicitud de Santos demuestra claramente que la relación entre los dos países ha llegado a un punto álgido.
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Miércoles, 21 de Diciembre de 2016

Una llamada fue suficiente para que la frontera se abriera y recobrara, en la medida de lo posible, su normalidad. 

La hizo el presidente Juan Manuel Santos a su homólogo Nicolás Maduro, quien unilateralmente había dado la orden de suspender hasta el 2 de enero, el paso por los puentes internacionales tras el anuncio de la salida de circulación de los billetes de 100 bolívares. 

La decisión, cuestionada  por igual entre colombianos y venezolanos,  eliminó de tajo todos los avances materializados desde agosto, cuando ambos mandatarios establecieron un plan de trabajo con el objetivo de devolver la normalidad a la frontera. 

El anuncio del cierre encendió las alarmas en todos los sectores, por la evidente intención de Maduro de repetir lo del 2015, cuando empezó decretando la restricción del paso por 72 horas, que terminaron extendiéndose por un año completo. 

Quizás fue ese el antecedente que motivó al presidente Santos a comunicarse con su par para pedirle no echar por la borda los esfuerzos realizados. Después de la llamada, el asunto se destrabó y el mismo ministro de Defensa, Vladimir Padrino anunció en redes sociales haber conversado con su homólogo colombiano para coordinar operaciones conjuntas que permitan seguir combatiendo a las mafias. “A partir de hoy martes 20 Dic, 06.00 horas, se permitirá inicialmente el paso peatonal hasta lograr los niveles que ya habíamos alcanzado”, dijo Padrino.  

La aceptación de la solicitud de Santos demuestra claramente que la relación entre los dos países ha llegado a un punto álgido, que requiere una intervención directa y permanente del presidente Santos. Esto será clave para mantener la cordura ante tanta locura verbal y desmedida de los funcionarios venezolanos, que liderados por el mismo presidente, se han dedicado a estigmatizar hasta más no poder a ciertos sectores económicos de la ciudad, tildándolos de mafiosos.

Aunque es común que los funcionarios venezolanos descalifiquen a diestra y siniestra, buscando culpables donde no los hay,  la reacción del gobierno nacional fue tardía, pues solo se dio cuando los cambistas y empresarios de Cúcuta abiertamente lo solicitaron. A pesar de esto, el presidente hizo presencia en la ciudad y se reunió con ellos para escucharlos, conocer de primera mano la situación y ordenó la creación de una comisión encabezada por el Banco de la República, que irá al país vecino a evaluar todo el tema cambiario relacionado con la frontera. 

Con esta comisión empieza de nuevo el proceso de entendimiento con Venezuela; pero este nuevo impasse, que aparentemente ya está solucionado, demuestra que si realmente hay interés en que los asuntos fronterizos evolucionen y tengan avances reales, tendrá que ser el mismo presidente quien se ocupe del asunto y de exigir su minucioso seguimiento.   

A pesar del tono cordial y las buenas intenciones de Colombia, la relación de la frontera está en cuidados intensivos desde hace un buen tiempo y está quedando en evidencia que las acciones aisladas en el tiempo no surten ningún efecto en el entendimiento de las dos naciones. Al fin y al cabo la frontera es de dos, y Colombia así tiene que entenderlo. De lo contrario, se seguirán dando dos pasos hacia adelante para de nuevo, regresar atrás.

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