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Editorial
Aroma de petróleo
Por el petróleo, Venezuela y Estados Unidos hacen las veces de una pareja afectiva que se pelea en privado y se reconcilia en público.
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Jueves, 16 de Junio de 2016

En últimas, el petróleo pesa más que la política. Más que una herramienta diplomática, el crudo es un arma política del más grueso calibre, que hace  cambiar de parecer con solo mencionarla. No hay necesidad de mostrarla…

Es por el petróleo que Venezuela está en las que está. Otras razones son, si acaso, marginales. La revolución en el poder lo tiene todo, y Maduro es el líder de esa revolución sobre el más grande lago de petróleo del planeta.

Y, más que el poder político, lo que la oposición venezolana pretende es el poder, todo el poder —económico, político, bélico…—  que se deriva del petróleo aún sin extraerlo; es ese el que aún mantiene a Nicolás Maduro como presidente y a la revolución al mando, y el que no están dispuestos a entregar.

Por el petróleo, Venezuela y Estados Unidos hacen las veces de una pareja afectiva que se pelea en privado y se reconcilia en público, para dar la sensación de que las desavenencias no son tan profundas, como en realidad son.

Con reservas de crudo suficiente para casi 200 años, Venezuela es, desde luego, uno de los mejores partidos para quien guste de cortejar e ir más allá; y Estados Unidos, un pretendiente al que no se puede pasar por alto solo porque a veces habla duro y zapatea.

Que para Washington una revolución socialista en Venezuela es una opción técnicamente inaceptable, es una verdad insoslayable. Como ocurría en Cuba hasta cuando la historia regresó 56 años atrás.

Pero que por el crudo, esa revolución se tolere como un simple devaneo con amistades poco recomendables —Irán, Rusia, China…—, mientras se decide qué hacer, es una realidad que ya se tradujo en nuevos acercamientos, nuevas conversaciones, sonrisas y distensión internacional.

Por lo pronto, la Asamblea General de la OEA, que recién terminó en Santo Domingo, terminó favoreciendo a Maduro, Venezuela y sus amigos, y dejando sin mucha opción la postura de los opositores venezolanos y sus patrocinadores.

Por eso, a la reunión convocada por el secretario general, Luis Almagro, en busca de aplicarle a Maduro la Carta Democrática, se antepuso otra, pedida por Caracas, para escuchar a un grupo de exmandatarios que ofreció sus “buenos oficios” para lograr un acercamiento entre Maduro y los opositores.

Esta reunión podría dejar sin sentido a la de Almagro, que ha actuado de manera errática, más en concordancia con sus intereses personales y su pelea privada con Maduro, que en busca de soluciones para los venezolanos. De todos modos, hay inquietud en Caracas, que hace lo posible por evitar el informe del secretario ante la asamblea.

Para ello, Venezuela necesita 18 de los 34 votos de la OEA. La ventaja para Maduro es que puede comprarlos con petróleo y gestos de amistad, algo de lo que Almagro y los opositores venezolanos carecen.

El petróleo es hoy un ariete que derrumba cualquier muro, y ya se está demostrando con sonrisas entre la canciller Delcy Rodríguez y el Departamento de Estado.

Por razón de ese recurso natural, por ahora todo indica que en Miraflores habrá cama para Maduro por un buen rato más.

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