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Sin recicladores no hay circularidad
El 1 de marzo se conmemora el Día Mundial del Reciclador, una fecha que nació en América Latina en memoria de los recicladores asesinados en 1992 en Barranquilla.
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Sábado, 28 de Febrero de 2026

El 1 de marzo se conmemora el Día Mundial del Reciclador, una fecha que nació en América Latina en memoria de los recicladores asesinados en 1992 en Barranquilla, un hecho que marcó profundamente la organización del gremio y visibilizó una realidad que durante décadas fue ignorada: detrás de cada kilo de material recuperado hay trabajo humano, casi siempre en condiciones adversas.

No es una fecha simbólica menor. Es un recordatorio incómodo de una labor que históricamente ha permanecido invisible, pese a que son los recicladores de oficio quienes han sostenido en silencio una parte esencial del sistema ambiental colombiano. La mayoría de las personas desconoce la magnitud de su aporte en la gestión de residuos urbanos y en la transición hacia una economía circular real.

Colombia genera más de 30.000 toneladas de residuos sólidos cada día. Sin embargo, el porcentaje de aprovechamiento sigue siendo bajo, apenas alrededor del 14 %. Eso significa que anualmente más de 12 millones de toneladas de los materiales potencialmente reutilizables terminan enterrados en rellenos sanitarios, perdiendo valor económico y generando impactos ambientales acumulativos. En otras palabras: estamos desaprovechando recursos mientras hablamos de sostenibilidad.

En este contexto, los recicladores no son un actor marginal; son la infraestructura humana que sostiene el aprovechamiento. Gran parte del material que efectivamente se recupera pasa primero por sus manos. Son ellos quienes clasifican, transportan y comercializan materiales en condiciones muchas veces precarias. Son ellos quienes, sin grandes campañas ni presupuestos millonarios, han mantenido viva la práctica del reciclaje durante décadas.

El reciente marco normativo que reconoce a las organizaciones de recicladores como prestadores del servicio público de aprovechamiento y fortalece su proceso de formalización representa un avance importante. Establece reglas más claras, promueve la organización y exige estándares de calidad. Sin embargo, la norma por sí sola no cambia la realidad estructural. La formalización requiere acompañamiento técnico, estabilidad tarifaria, acceso a mercados y, sobre todo, voluntad política sostenida.

El verdadero problema no es solo jurídico; es sistémico. Seguimos diseñando ciudades que producen residuos sin separar adecuadamente en la fuente. Seguimos dependiendo de rellenos sanitarios como solución dominante. Seguimos considerando el reciclaje como una responsabilidad individual y no como una política pública robusta con metas claras y verificables.

La economía circular implica reducir extracción, mantener materiales en uso y regenerar sistemas naturales. Pero ese ciclo no se cierra solo. Se cierra porque alguien recoge, clasifica y reincorpora materiales al sistema productivo. Sin ese eslabón, sin el reciclador, la circularidad se rompe.

Si Colombia quiere aumentar sustancialmente su tasa de aprovechamiento, necesita invertir en separación en la fuente, fortalecer organizaciones de recicladores, garantizar condiciones laborales dignas y crear mercados estables para materiales secundarios. Necesita entender que la transición circular no es tecnológica únicamente; es social y sobre todo voluntad política.

El 1 de marzo no debería ser solo una fecha de reconocimiento simbólico. Debería ser un punto de evaluación anual: ¿aumentó el aprovechamiento? ¿mejoraron las condiciones de los recicladores? ¿avanzamos en la transición real o seguimos enterrando dinero?

Porque al final, la ecuación es simple: sin recicladores no hay circularidad. Y sin circularidad, no hay futuro sostenible.


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