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Política como espectáculo
El problema es, en qué condiciones se construye la voluntad colectiva.
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Miércoles, 15 de Abril de 2026

En la actual coyuntura electoral colombiana sí existe, en el fondo, una confrontación real entre proyectos de país; visiones distintas sobre el Estado, el desarrollo o la equidad entran en disputa. Sin embargo, esa confrontación queda subordinada a otra lógica que se impone con fuerza; la instrumentalización de la política en función del poder y su traducción en espectáculo.

Las campañas no se organizan principalmente en torno a programas; se estructuran como narrativas emocionales para captar atención, generar identificación y movilizar adhesiones rápidas. El candidato aparece como imagen; cercano, indignado, providencial o técnico; el adversario, como amenaza moral; y el ciudadano, como receptor de estímulos que apelan más a la emoción que a la deliberación. La política no desaparece; pero su forma de aparición cambia radicalmente.

Debord ofrece una clave interpretativa; sostiene que el espectáculo no es simplemente un conjunto de imágenes, sino “una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. Esto implica que no estamos ante un exceso comunicativo, sino ante una forma histórica de organización de lo social. La política contemporánea no está únicamente mediatizada; está estructurada por la lógica de la visibilidad, la representación y el consumo simbólico.

En este marco, se consolida el desplazamiento que Debord identifica como propio de la modernidad avanzada; el tránsito del ser al tener y del tener al parecer. En la arena electoral, esto se traduce en la primacía de la apariencia sobre la sustancia; no se exige coherencia programática, sino credibilidad escénica; no se evalúan trayectorias, sino relatos; no se confrontan ideas, sino imágenes construidas. El político deviene marca; el ciudadano, audiencia.

Baudrillard radicaliza este diagnóstico al señalar que la sociedad contemporánea no solo produce imágenes, sino que produce realidad a partir de ellas. La simulación, afirma, consiste en la generación de “un real sin origen ni realidad”; una hiperrealidad. En este contexto, los signos ya no representan algo externo; funcionan de manera autónoma. Conceptos como “el pueblo”, “la democracia” o “la lucha contra la corrupción” operan como categorías móviles; se adaptan al discurso sin necesidad de anclarse en referentes empíricos estables.

De manera aún más inquietante, Baudrillard plantea que el simulacro no oculta la verdad; oculta que ya no hay una verdad a la cual remitir. En el terreno electoral, esto se expresa en la proliferación de narrativas que compiten por credibilidad simbólica más que por consistencia factual. El modelo precede al actor; el candidato se ajusta a un guion preexistente; outsider, salvador, gestor o redentor. La imagen no refleja la política; la produce.

Las consecuencias para la democracia son profundas. En primer lugar, la confrontación política se desplaza del argumento a la dramatización; el adversario deja de ser un contradictor legítimo y se convierte en un enemigo moral cuya función es reforzar la identidad del propio relato. En segundo lugar, el votante es reconfigurado como consumidor; el clientelismo no desaparece, sino que se articula con el marketing político; a las dádivas materiales se suman promesas emocionales de pertenencia, indignación o esperanza.

En este escenario, las instituciones democráticas persisten; elecciones, debates, campañas; pero su contenido deliberativo se reduce. La política sigue existiendo, pero su forma dominante es la representación espectacular. La tensión entre proyectos de país no desaparece; queda mediada, simplificada y, distorsionada por la lógica de la imagen.

El problema es, en qué condiciones se construye la voluntad colectiva. Cuando la política se organiza como espectáculo y simulación, el ciudadano corre el riesgo de quedar reducido a espectador; y una democracia de espectadores puede elegir, pero difícilmente deliberar.Me impresiona el éxtasis que producen las imágenes generadas por inteligencia artificial en muchos ciudadanos; ¿no será esto un reflejo de nuestras frustraciones, deseos, emociones, odios y amores? Tal vez allí se condensa el problema de fondo; no buscamos la verdad en la política, buscamos imágenes que nos representen emocionalmente. En este sentido, como sugiere Baudrillard, la simulación no oculta la realidad; la reemplaza.


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