Diseñar políticas públicas, desarrollar programas y proyectos institucionales o invertir en educación pública basándose únicamente en la buena fe, es como intentar navegar el océano guiándose por el reflejo de las nubes: una tarea poética y peligrosamente imprecisa. Durante décadas, se ha debatido si reducir el número de estudiantes porclase o aumentar las becas transforman las sociedades, aunque a menudo se hace a ciegas, confundiendo la simple coincidencia con la verdadera causa.
En un mundo donde el capital humano es el motor de la prosperidad de las naciones, la evaluación de impacto ha dejado de ser una opción administrativa para convertirse en un imperativo ético y el ABC de toda gestión, y su motor científico no es otro que la inferencia causal.
En este sentido, la evaluación de impacto busca determinar si una política realmente funciona, y la inferencia causal permite entender por qué y en qué medida. El vínculo entre ambas es profundo; mientras la evaluación define el "qué queremos saber", la inferencia causal construye el "mundo contrafáctico", ese "fantasma" de lo que no ocurrió, que es invisible para el ojo humano. Puesto que muchas veces no se puede observar simultáneamente qué habría sido de un estudiante si, en lugar de recibir una beca, se hubiera quedado sin ella.
Para resolver este enigma, la ciencia ha diseñado un conjunto de métodos rigurosos que superan el sesgo de selección, ese fenómeno donde se comparan grupos que son inherentemente diferentes antes de cualquier intervención. Cuando la evaluación busca el máximo rigor, la inferencia causal recurre a los experimentos aleatorios controlados como ocurre en la medicina y la economía.
Al asignar recursos al azar, se puede garantizar que el éxito de un niño no se deba a su entorno previo o herencia familiar, sino a la política evaluada. Los resultados han sido transformadores en la economía de la educación.Intervenciones tempranas como el Proyecto Perry Preschool en EE. UU., demostraron que la inversión en los primeros años mejora el rendimiento académico, y fortalece las habilidades no cognitivas, como la perseverancia, el autocontrol, y reducen drásticamente la deserción estudiantil. Otra evaluación de impacto realizada en España muestra que el programa de Formación Profesional Dual tiene un efecto causal potente, incrementa los indicadores de empleo y los ingresos acumulados de los jóvenes en sus primeros años de carrera.
Sin embargo, la realidad no siempre es un laboratorio. Muchas veces, la ética, la política y los presupuestos son ponderadoreslegítimos y factuales. Bajo este escenario,esdonde surge la utilidad de los experimentos naturales y la regresión discontinua, donde se aprovechan las reglas administrativas: como una nota de corte, para comparar a estudiantes virtualmente idénticos que quedaron a un lado u otro de la frontera de un proyecto, programa o política pública.
Gracias a este rigor, hoy sabemos que el impacto de un profesor de excelencia no se limita a una nota en un examen; también, se traduce en un incremento tangible en los ingresos laborales de sus estudiantes, y en lareducción de la probabilidadde embarazos adolescentes.
De igual manera, las evaluaciones de impacto han revelado verdades incómodas y esperanzadoras. Hemos aprendido que las habilidades socioemocionales, medidas como estrategias psicológicas, mentorías, incentivos y de bienestar estudiantil, pueden reducir la deserción, mejorando los desempeños académicos, y una graduación exitosa.
La evidencia obliga a ser críticos. Sin inferencia causal, podríamos creer erróneamente que los colegios o universidades con altos promedios son las mejores, cuando muchas veces solo están seleccionando a los estudiantes más aventajados, y probablemente el valor agregado de sus pares institucionales con puntajes medios o bajos, estén generandoun mayor impacto.
En resumen, la evaluación de impacto no es una fría auditoría; es la brújula, y la inferencia causal es el norte magnético. Si la educación es la arquitectura del futuro, la evaluación de impacto produce cálculos de estructuras que evitan que el edificio de la igualdad de oportunidades se derrumbe bajo el peso de la buena fe, la intuición o la arbitrariedad.
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