Se volvió costumbre desertar en los colegios, desertar en la educación superior e, inclusive, desertar hasta de la misma familia. Y no solo es por razones económicas; hoy es fácil obtener dinero de esa manera para un sector de la población, en especial jóvenes a quienes poco les interesa el riesgo que corren.
El delito está siendo, de a poco, parte de la vida diaria en el país. Hay economías en hogares que viven de delinquir y se volvió normal hacerlo, inclusive a sabiendas de que, al ser capturados, existe la posibilidad de quedar libres por diferentes factores que la ley tiene plasmados y que son oportunidades para usar y defender al infractor.
Acá no vamos a cuestionar el Código Penal colombiano; lo que se quiere es alertar sobre lo que ya se conoce, es decir, la manera en que se está normalizando, en algunos sectores y familias, el ser delincuente. Desde las bases familiares, quizás lo que ven esos niños que van creciendo es un estilo de vida donde el dinero llega de repente, pero también se va fácil. Y eso va construyendo una manera de pensar que cree que todo eso es normal.
Lo fácil, lo que genera poco esfuerzo, lo que para ellos da algo de estatus entre quienes los rodean, todo eso es lo que hoy quiere buscar algún sector de nuestra juventud, sin medir consecuencias y sin importarles a qué inocente le quitan la vida o a qué familia destruyen, sin ningún arrepentimiento.
Hoy nos sentimos angustiados cuando salimos de nuestras casas; es más, ya hasta en nuestra propia vivienda no estamos seguros. Defenderse lo tildan de delito y hasta judicializan, pero en otros casos el agresor, ese que provocó el daño, queda libre. “Las vainas del sistema penal”. Es hora de que realmente no solo se logren importantes capturas, como se vienen logrando, sino que también sea necesario imponer penas que duelan, ajustar la manera de castigar el delito que cometen menores de edad, ya que hoy en día se les ve como una oportunidad para utilizarlos, sabiendo que la pena será reducida, sin interesar cuántas vidas hayan quitado.
Construir sociedad no es fácil. Hablar de resocialización es interesante, pero eso no puede pasar por alto el delito que se comete. Construir sin aclararle a la sociedad que delinquir tiene consecuencias es dar pasaporte a todo lo que hoy afecta al país. Existe una juventud que siente pocas oportunidades para escalar y salir adelante de manera adecuada. Las garantías estatales que en el papel existen no se cristalizan en los territorios. Las decepciones siguen presentándose, teniendo en cuenta que quizás había esperanzas que hoy sienten que no se están cumpliendo. No soy quien para criticar algunas formas de gobernar, pero dentro de estas existen algunas que posiblemente inciden en las situaciones que hoy vivimos.
Dar nuevas oportunidades a ciertas personas se acepta como un paso importante para iniciar de nuevo; entregar indultos a algunos grupos delincuenciales hace parte de la construcción de una nueva sociedad. Pero, indudablemente, cuando esas oportunidades no tienen un mensaje positivo de retorno, todo se convierte en buenas intenciones. Esa es la radiografía de hoy y de hace varios años. Insistir en buscar caminos de reconciliación es un deber moral y constitucional, pero descuidar y ser permisivos ante actos delincuenciales solo da herramientas para que el delito se afiance. Hoy, atracar, robar, secuestrar y tantas otras formas de afectar a la sociedad se volvieron costumbre y, sin duda alguna, se toman como trampolín para iniciar discursos en plaza pública.
Hace cuatro años, el mejor discurso el que enamoró, fue el que señalaba y confrontaba la corrupción y muchos temas más. Inclusive, creó la esperanza de una paz duradera y muchos depositaron su confianza en esos mensajes. Hoy en día, quizás los discursos se repitan, pero adicionalmente se mencionan algunas alternativas fuertes de solución a la zozobra en la que se vive, causada por una delincuencia que está tomando ventaja en esta carrera por la vida. Nos llenaron de discursos fuertes en contra de muchas cosas y hoy pocos resultados se ven. Esperamos que los que comienzan a escucharse no terminen como muchos otros: llenos de buenas intenciones, pero con muy poco efecto ante la realidad que se vive.
Arrancó la carrera por las curules en el Congreso y la Presidencia de la República. Eso trae discursos llenos de esperanza, pero también otros cargados de odio y resentimiento. Ojalá cada candidato tenga en su corazón la humildad para transmitir cada mensaje. Es hora de construir sociedad, no de seguir destruyéndola.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en https://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion.
