La crisis de la salud en Colombia no solo se limita a los efectos causados por el mal uso de los recursos económicos o a las presuntas prácticas perversas que harían parte del entramado que hoy tiene al sistema en el peor momento de su historia.
El día a día y el sentir de miles de personas en todo el territorio colombiano nos recuerdan que en épocas anteriores existían problemas, pero jamás comparados con los que hoy se evidencian. Esto ocurre cada vez que intentamos comprender la inconformidad propia o la de quienes están a nuestro alrededor, en especial cuando intentamos acceder a cualquiera de los servicios de salud que, por derecho propio, tienen la obligación de garantizarnos.
Hoy nos vamos a referir a un aspecto que quizá poco se menciona, pero que puede estar provocando una brecha cuyos efectos podrían ser irreversibles si no se interviene a tiempo. Me refiero a los medicamentos que diariamente son supuestamente suministrados a cada usuario de acuerdo con la prescripción médica, con el fin de mitigar el impacto de la patología correspondiente.
Sabemos que el sistema de salud, y en especial los dispensarios, manejan diferentes opciones de moléculas o presentaciones que corresponden a los fármacos ordenados. De ese abanico de posibilidades se escoge, bajo distintos criterios, el medicamento que finalmente es entregado al usuario. Esto lo planteamos porque, quizás, nos ocurre que notamos la poca eficacia de un medicamento en nuestro cuerpo, mientras que otro con la misma molécula, pero de un laboratorio diferente genera efectos más oportunos.
Es ahí donde deseo llegar. En nuestro país existe una entidad responsable de verificar que cada una de las miles de opciones ofrecidas como medicamentos u otros dispositivos médicos cumpla con los mínimos estándares de calidad y eficacia para ser consumidos. En ese momento, el INVIMA entra a certificar dicha presentación y autoriza o no su comercialización.
En el mercado encontramos diferentes alternativas ofrecidas al consumidor, ya que la misma molécula es fabricada o distribuida por distintos laboratorios, todos avalados por el INVIMA. Y es aquí donde surgen detalles que, por momentos, resultan difíciles de comprender: nos suministran o encontramos medicamentos comerciales y genéricos, certificados como portadores de la misma molécula, pero que extrañamente, al ser ingeridos, pueden presentar efectos tardíos o incluso nulos. Esto sucede diariamente y podría ser una de las tantas causas de la siniestralidad que arrastra el sistema de salud en Colombia. Las autoridades competentes dirán que estas afirmaciones no están ajustadas a la realidad.
Todo lo anterior nos lleva a preguntar por qué la diferencia entre un medicamento y otro es tan notoria cuando existe algo llamado bioequivalencia, que no es más que la “cualidad que garantiza que un medicamento genérico es terapéuticamente equivalente a su medicamento de referencia”. Y es ahí donde inician las dudas, ya que en varios casos como en patologías comunes, por ejemplo, la hipertensión arterial se evidencia que el paciente es extremadamente juicioso en la ingesta de su medicamento, pero el resultado no es el esperado. Sin embargo, al cambiarlo por la misma molécula en presentación comercial o incluso por otro genérico de un laboratorio diferente, los efectos son satisfactorios.
La literatura señala que la bioequivalencia implica diferentes aspectos:
Equivalencia terapéutica: el efecto entre genérico y comercial debe ser el mismo.
Intercambiabilidad: permite que los medicamentos puedan ser sustituidos unos por otros.
Garantía de calidad: demuestra que la eficacia del genérico es igual a la del comercial.
Todo lo anterior está avalado por el INVIMA, y cada uno de nosotros consume diariamente diferentes moléculas para mitigar los efectos de algunas patologías. En todo caso, persisten preguntas sin resolver —y nos dicen que no son justificadas—, pero las dudas crecen día a día. De una sola molécula existen varios laboratorios, comerciales y genéricos, que supuestamente tienen el mismo componente y producen los mismos efectos, pero en la realidad, en ocasiones, esto no se cumple.
La finalidad de esta columna es plasmar la inquietud de muchos colombianos que ven deteriorada su salud a pesar de intentar cumplir al pie de la letra las indicaciones médicas y consumir lo que les entregan mes a mes en el dispensario —y ojo, esto pensando en un sistema oportuno y eficaz—. Esto causa polémica, pues tanto el organismo de control como los responsables de la dispensación de medicamentos sostienen que estas percepciones son mitos populares y las niegan. Incluso las entidades responsables aseguran que no existe diferencia entre uno y otro. Pero hay factores alarmantes para los cuales nadie da una explicación sensata.
En algunos momentos se han desarticulado cadenas delictivas que comercializaban medicamentos fraudulentos que no cumplían con los principios activos que decían contener. Esta es otra arista que agrava el problema mayúsculo existente, ya que lo que religiosamente se nos entrega mes a mes forma parte de la distribución y comercialización regulada por los dispensarios.
Es necesario que alguien dé explicaciones al respecto. Pero, sin duda, mientras eso ocurre, seguiremos expuestos a esas moléculas que consumimos de buena fe.
La literatura nos dice que “los medicamentos genéricos tienen la misma calidad, eficacia y seguridad que los comerciales, porque contienen el mismo principio activo, la misma dosis y la misma forma terapéutica”.
La diferencia sustancial es el precio: los genéricos son más económicos porque no incluyen los costos de investigación y otras etapas que asume el fabricante. El INVIMA, se supone, exige que cumplan los mismos estándares de calidad que el medicamento original.
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