
Todos tenemos un familiar que nos alegra la vida, que nos hace reír y comprender que la dicha de dar, puede superar con creces a la de recibir, ese que convierte su casa en la casa de todos, sin miramientos a la hora de compartir el almuerzo o las bebidas.Así era mi tío Tulio, o mejor dicho, Enrique, como se le conocía en Bucaramanga. Si bien no era un familiar directo de sangre, toda su vida me hizo sentir como si lo fuera, y a sus hijos,mis grandes compañeros de la adolescencia, como primos hermanos. El parentesco venía dado entre mi mamá y su esposa, doña María Delia, pero mi tío político se convirtió en el más cercano de todos.Mi aventura con él comenzó mucho antes de que yo naciera, pues mis padres se habían criado juntos, y según cuenta la historia, mi papá llegó a darle clases de educación física en el colegio, siendo él quien le bautizó con el sobrenombre de “El Cabo Medina”, supuestamente por ser muy estricto.
Enrique Castillo nunca pasaba desapercibido, donde quiera que llegara, su presencia se hacía notar, por eso nos encantaba estar a su lado, irradiaba optimismo y hacía ver como si todo resultara fácil y gracioso.
Mis primeros recuerdos datan de principio de la década de los 70, pues cuando veníamos de vacaciones en diciembre desde Venezuela, nuestro hospedaje obligado era en su casa, que divertido se ponía todo, 2 semanas de paseos, comer rico, cantar villancicos, rezar las novenas y jugar con sus hijos. Sus puertas se abrían de par en par el 24 y el 31. Sacaba dos cajas grandes llenas de pólvora (cuando no estaba prohibida), para que prendiéramos los volcanes, aviones y cohetes, terminando el protocolo a las 12 de la noche con uno llamado “arbolito”, una especie de tarro que hacía explosión iluminando el cielo luego de 5 luces de bengala, todos esperábamos con ansia ese momento, o por lo menos yo lo hacía, para darnos el feliz año entre abrazos y risas, mientras decía “como me gusta que los pelaos se diviertan”.
Cuando llegó mi adolescencia y ya viajaba solo, su casa seguía siendo mi casa, hasta tenía una llave que siempre cargaba encima, estuviera en Colombia o no. Una vez me sorprendió ver dos estudiantes de la universidad sentados a la mesa en horas del mediodía, pero tan solo comentó: “esos chinos no tienen donde comer, por lo tanto, les doy el almuerzo”. Nunca fue egoísta.
Durante mi adultez, ya mi tío tenía que cuidarse, habían pasado los años dorados, estaba más tranquilo y sosegado, pero siempre risueño y optimista, con las mismas chanzas y ocurrencias.
Hace unos pocos días, mi hermana y yo recibimos la noticia de su partida, ya tenía tiempo retirado en casa bajo el cuidado de sus hijos y nietos. Tuvo una vida larga y bien vivida, sin restricciones y con el disfrute de los placeres que las amistades y la familia pueden brindar.
Qué bonito es que te recuerden así, aun cuando hayas tenido malos momentos en la vida y de vez en cuando mal carácter, pareciera que nunca te pusiste bravo, porque la alegría es lo que te ha caracterizado, ha sido tu esencia. Dios sabrá recompensarte con un lugar a su lado, allí, junto a todos aquellos que vivieron contigo el placer de disfrutar tus ocurrencias y bondad, esa generación que ya se nos ha ido, pero que vivirá por siempre en nuestros corazones, y en la memoria de nosotros,los “pelaos”, que ahora ya somos viejos.
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