La palabra tatuaje es relativamente nueva. Aparece inicialmente en 1796 en el relato del primer viaje al Pacífico del capitán James Cook.
El francés Anthony Loffredo no estaba satisfecho con su fisonomía y a los 26 años decidió que mejor que un humano era preferible ser un animal y, propiamente, un lagarto. Hoy se le conoce como The Black Alien, o El alienígeno negro. Para ello se hizo amputar dedos, nariz y orejas, se mandó a partir la lengua, y con tinta negra indeleble se tatuó el cuerpo entero, incluido el pipí. Tal vez él se sintió satisfecho con su transformación, pero para la mayoría de los mortales se convirtió en un monstruo y en un desquiciado mental.
Ahora, trasladémonos a la megacárcel denominada Centro de Confinamiento del Terrorismo - CECOT - de El Salvador. Tiene capacidad para cerca de 40 mil reclusos. Allí se alberga a los peores criminales, los que en un gran porcentaje ostentan tatuajes como símbolo de jefaturas o de simples sicarios e identidad de sus pandillas.
Tales tatuajes muestran calaveras, esqueletos, cruces al revés, serpientes, engendros, obscenidades, cosas tenebrosas y amenazadoras, y leyendas referidas a sus atrocidades. Curiosamente, quien no tatuó toda su anatomía fue Pedro Antonio Joya Hernández, de 29 abriles, el de la condena más alta, nada menos que de 639 años. No supe cuál es su alias, pero debe ser La Joyita por el mínimo de 30 homicidios a su cargo.
Se tiene que el primer marcado fue Caín, el asesino de su hermano Abel. Ello debido a que en Génesis 4, 15 se dice: "…Y puso el Señor en Caín una señal, para que ninguno que le encontrase le matare”. Sin embargo, los entendidos explican que se refiere a la misericordia de Dios con este fratricida; no se trata de nada físico.
Según la Iglesia católica el practicarse tatuajes no es en sí pecado. En algunas culturas el tatuaje es ancestral. Incluso, se conoce que los cristianos en Siria cuando se bautizaban se hacían una pequeña cruz en la muñeca. Y en algunas tribus de la India hoy en día también se tatúan de igual manera en prueba de su fe.
El pecado está en la intención con que se hace: de vanidad, de excitar las bajas pasiones o de rendir culto al demonio, por ejemplo. El cuerpo debe respetarse, según la enseñanza de San Pablo en 1 Corintios, 6:19: “¿Por ventura no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros, el cual habéis recibido de Dios…?”
En el Antiguo Testamento también hay una alusión al tema, con respecto a algunas costumbres paganas. Está en Levítico, 19, 28: “No sajaréis vuestra carne por la muerte de nadie, ni haréis figuras algunas o marcas sobre vosotros. Yo el Señor”. (Explica mi Sagrada Biblia de Torres Amat: “Los gentiles creían aplacar los dioses infernales en el duelo de las personas que amaban con la sangre de estas incisiones que se hacían, y los hebreos no estaban libres de estas supersticiones”).
Si bien la Iglesia no prohíbe los tatuajes, tampoco los aconseja.
A mí, francamente, no me gustan. Me lamento de ver jovencitas tan bonitas cruzadas de tatuajes que en realidad no las embellecen, sino que, por el contrario, las hacen perder sus gracias. Los mismo ocurre con hombres que, en ocasiones, de tantos tatuajes parecen manchados, embarrados, sucios, ennegrecidos.
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