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Crónica de un Niño anunciado
No basta con pedirle a la ciudadanía que ahorre agua cuando existen sistemas con fugas estructurales, deforestación creciente y modelos productivos altamente dependientes del recurso hídrico.
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Jueves, 14 de Mayo de 2026

Cada cierto número de años, el clima nos recuerda que no está bajo nuestro control. Y Colombia, país atravesado por montañas, ríos y profundas desigualdades territoriales, suele enterarse tarde. Otra vez aparecen las alertas sobre el posible fortalecimiento del Fenómeno del Niño, y como ocurre con frecuencia, la conversación pública oscila entre el alarmismo pasajero y la indiferencia peligrosa.

Pero el problema no es únicamente climático. El verdadero desafío es sistémico.El Fenómeno del Niño no solo significa “más calor”. Significa presión sobre los embalses, estrés hídrico, posibles incendios forestales, pérdidas agrícolas, afectaciones en la calidad del aire y aumento en los costos de energía y alimentos. Es un efecto dominó que golpea especialmente a las regiones más vulnerables y a las familias que viven al día. El clima extremo no impacta a todos por igual: castiga más duro donde hay menor capacidad de adaptación.

Lo preocupante es que seguimos reaccionando como si cada evento fuera una sorpresa inédita. Después de décadas de evidencia científica, todavía muchas ciudades presentan pérdidas enormes de agua potable en redes de distribución, baja capacidad de almacenamiento, urbanización desordenada y escasa cultura ciudadana frente al consumo responsable. En algunos municipios, se desperdicia agua como si los embalses fueran infinitos. Spoiler climático: no lo son.

El Fenómeno del Niño también debería obligarnos a hablar de planificación. No basta con pedirle a la ciudadanía que ahorre agua cuando existen sistemas con fugas estructurales, deforestación creciente y modelos productivos altamente dependientes del recurso hídrico. Prepararse implica gobernanza, inversión, monitoreo y decisiones incómodas antes de la emergencia, no durante ella.

Y aquí aparece otro punto clave: la resiliencia no se improvisa. Una ciudad resiliente no es la que “aguanta” una crisis a punta de heroísmo institucional; es la que diseñó previamente capacidades para adaptarse. Eso incluye infraestructura, educación ambiental, diversificación energética y sistemas de información capaces de anticipar riesgos. La adaptación climática dejó de ser un lujo académico para convertirse en una necesidad económica y social.

También es momento de reconocer que los fenómenos climáticos extremos están ocurriendo en un planeta distinto al de hace cincuenta años. Más urbanización, más consumo, más residuos, más presión sobre ecosistemas y mayores emisiones generan condiciones donde los impactos pueden amplificarse. El clima ya no conversa únicamente con la naturaleza: conversa con nuestras decisiones económicas y territoriales.

Por eso, prepararnos para el Fenómeno del Niño no puede reducirse a campañas pasajeras de ahorro. Debe ser una oportunidad para revisar, con seriedad, cómo estamos gestionando el agua, la energía y el territorio. Porque la próxima sequía llegará; y cuando llegue, no podremos decir que nos tomó por sorpresa.

La pregunta, entonces, no es si el Fenómeno del Niño vendrá. La verdadera pregunta es si, una vez más, nos encontrará improvisando.


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