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Colombia dejó de crecer
Colombia no tiene un problema de consumo, tiene un problema de inversión.
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Martes, 19 de Mayo de 2026

Colombia no tiene un problema de consumo, tiene un problema de inversión.  En 2025, la economía creció 2,6%. A primera vista, la cifra podría parecer aceptable; sin embargo, detrás del dato hay una distorsión preocupante: 63% del crecimiento estuvo impulsado por gasto de gobierno, mientras la inversión continuó debilitándose. 

Hoy, la tasa de inversión del país ronda el 16% del PIB, cuando hace apenas cinco años superaba el 21% y hace una década sobrepasaba el 31%.  No se trata de una fluctuación coyuntural. Es una caída estructural de los cimientos del futuro.

El contraste se vuelve aún más evidente al observar la dinámica reciente. En el último trimestre de 2025, la inversión se contrajo 9,3%, mientras el gasto de funcionamiento se expandió. Colombia sí está creciendo, pero sobre una base frágil: gasto presente sin capacidad futura. Ese es el verdadero costo de no invertir, se empieza a perder el futuro.

Las economías no crecen por decreto; crecen por acumulación de capital. Menos inversión hoy implica menos capacidad productiva mañana. Si Colombia invierte apenas el 16% del PIB, mientras economías comparables superan el 22%, la brecha no es ideológica: es matemática. 

La inversión en construcción, infraestructura, tecnología y maquinaria es la que genera empleo formal. No es casualidad que sectores como vivienda y obras civiles hayan sido de los más golpeados en la reciente caída de la inversión. Sin inversión, el empleo se precariza, la productividad se estanca, y los salarios pierden capacidad de crecer.

La dependencia excesiva del gasto público tampoco es sostenible. En 2025, el consumo creció más del doble que la inversión, mientras las importaciones avanzaron cuatro veces más rápido que las exportaciones. En otras palabras, el país está financiando su crecimiento con demanda y endeudamiento, no con capacidad productiva. Es pan para hoy, hambre para mañana. La pérdida de competitividad terminará siendo inevitable. Sin inversión, aumentan los costos y cae la productividad.

No invertir en puertos, carreteras, transmisión eléctrica o exploración energética no es una decisión neutral: es encarecer toda la economía.

Además, un país que pierde capacidad de crecer termina recaudando menos y endeudándose más. Hoy el déficit fiscal ya ronda niveles críticos, mientras el pago de intereses absorbe una porción creciente del presupuesto nacional. Sin crecimiento sostenido, el ajuste fiscal se convierte en una obligación. La discusión pública en Colombia, sin embargo, sigue mal planteada. 

El problema no es la falta de ahorro para invertir. El problema es la ausencia de condiciones para que ocurra. La evidencia es contundente: incertidumbre regulatoria, demoras en licencias, y falta de proyectos estructurados están frenando todo.

La solución tampoco pasa por la retórica. Pasa por la Ejecución. Colombia necesita destrabar la inversión en infraestructura mediante esquemas más ágiles de APP. Se debe acelerar licencias en sectores estratégicos como energía, minería y transporte; garantizar la estabilidad jurídica para proyectos de largo plazo, y recuperar la confianza como activo económico.

Colombia no está en crisis. Pero está perdiendo velocidad. Y en economía, perder velocidad suele ser más costoso que nunca haber acelerado.

Porque el verdadero costo de no invertir no se mide en el presente. Se paga en el futuro.


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