Las palabras de la mañana son luceros con abolengo de estrellas y bajan -bonitas- de la lejanía, enamorando el azar con fábulas y versos, como colibríes seduciendo el amor, o un paisaje descansando en su propia sombra.
Por la tarde, un eco las convida a tupir, con hilos de silencio nocturno, un nuevo día y, luego, despertar aleteando, similar a los pájaros, o al rocío, descendiendo -serenamente- en el amanecer.
Con el aroma del café, las hadas y los duendes les dan la bienvenida y las envuelven -como caracoles- en ilusiones luminosas, para cortejar los sueños en algún rincón secreto del tiempo espiritual.
Entonces salen a peregrinar, con sus leyendas a proa, siempre tratando de retornar a su lugar -como los barcos al puerto-, después de atrapar recuerdos buenos, para guardarlos en una bitácora del alma.
Y se hacen -cada vez más bellas- al ritmo del viento, sugieren distancias atrevidas que las llevan, y las traen, mientras se asoman, sin límites de tiempo, ni espacio, a repasar las huellas y los pasos de la vida…
Van marcando de colores el destino, como sólo lo saben hacer las mariposas (quizá por saber tanto de arco iris), trepando los sentimientos en sus alas para rondar así, jubilosas, la memoria.
Al final, emergen de la aurora rebosantes, con verbos sabios, sustantivos de mar, o de montaña, y se depositan esplendorosas en los ojos, en las manos y en el corazón…Así nacen las palabras…
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