En el análisis de sistemas se suele cometer un error conceptual: creer que lo opuesto a lo frágil es lo robusto. Nassim Taleb advierte que no es así. Lo robusto simplemente resiste; lo antifrágil, en cambio, se beneficia del desorden. Mientras una copa de cristal se rompe con el caos, lo antifrágil —como la hidra mitológica a la que le salían dos cabezas cuando le cortaban una— se fortalece con él.
Esta idea permite leer el momento político colombiano con mayor precisión. Frente a la consolidación del petrismo, surge una pregunta incómoda: ¿ha desarrollado el proyecto rasgos de antifragilidad? Es decir, ¿han aprendido a convertir la crisis en un activo político?
Al observar la coyuntura, la hipótesis cobra fuerza. Cada semana estallan escándalos de corrupción, se denuncia el desabastecimiento de medicinas, el cierre de servicios médicos por desfinanciamiento o casos de nepotismo. En un escenario tradicional, este cúmulo de factores —sumado a los retrocesos en seguridad— debería traducirse en un costo político demoledor. Sin embargo, en un entorno de atrincheramiento ideológico —donde la crítica externa se reinterpreta como ataque político—, el capital político del proyecto parece no solo resistir, sino alimentarse de la crisis permanente. El heredero del movimiento sigue puntuando en las encuestas, transformando el ataque externo en combustible para su narrativa de resistencia.
A esto se suma una capa menos estridente pero igual de reveladora: la brecha entre el anuncio y la ejecución. Como ha documentado Daniel Briceño, abundan proyectos que se quedan en la retórica y el despilfarro. Mucho gasto pero poca obra. En paralelo, la seguridad se despiporra: las masacres y la extorsión no son estadísticas, sino la realidad asfixiante de regiones como el Cauca, Valle y Norte de Santander.
Pero la antifragilidad política tiene un límite. No todas las crisis fortalecen por igual. Cuando los ataques provienen de la oposición, el sistema se cohesiona y se defiende. Pero cuando la sospecha emerge desde adentro, la dinámica cambia.
Las advertencias de figuras del propio sector como Francia Márquez, Carlos Carrillo, Angie Rodríguez o Gustavo Bolívar sobre focos de corrupción y una obsesión por el poder y la plata, introducen una variable crítica: la erosión interna. A esto se suma la decepción en grupos que facilitaron el ascenso del proyecto, donde la complicidad y el silencio del candidato oficialista frente a los desafueros actuales empieza a ser ensordecedor.
Ahí es donde la antifragilidad encuentra su muro. Un sistema puede fortalecerse ante el enemigo externo, pero es vulnerable cuando la duda nace adentro. Para un movimiento que se erigió como reserva ética, los cuestionamientos internos no son ruido: son una grieta estructural.
Por eso, la estrategia para confrontar este fenómeno no consiste en amplificar el escándalo diario —que el sistema ya aprendió a absorber—, sino en algo más exigente: contrastar sistemáticamente el relato con los resultados. Es necesario desplazar la discusión del terreno simbólico al desempeño concreto.
Incluso los sistemas que parecen fortalecerse con el caos tienen un punto de quiebre. En este caso, ese punto podría aparecer cuando quienes creían en la historia dejan de verse reflejados en ella.
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