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Absurdo conflicto colombo ecuatoriano
Al próximo gobierno lo espera una tarea monumental pero inaplazable.
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Viernes, 1 de Mayo de 2026

 

Cuando se origine o se esté originando un conflicto, es fundamental enfrentarlo rápidamente pues tiene la capacidad de autoalimentarse y lo que inicialmente era manejable, deja de serlo. En toda relación entre personas, naciones o grupos, es posible, aunque no siempre es fácil, encontrarle salida a las diferencias, para que no haya ni vencedores ni vencidos, sino el logro de una solución equilibrada y justa para las partes, que permita no solo superar las diferencias, sino crear las condiciones para que éstas no se vuelvan a repetir.

Ecuador y Colombia, por su historia y cercanía geográfica, por su población y recursos, han sido dos países que, con sus naturales diferencias, siempre han tenido el propósito, un mandato histórico podríamos decir, de configurar una estructura económica y política común, como se dio durante la Colonia y las primeras décadas republicanas. Diferencias y roces siempre han estado presentes, sobretodo en momentos como el actual, cuando, en los dos países las políticas y los grupos en el poder, han sido diferentes; diferencias que se han respetado, permitiendo la convivencia. Hoy, el ambiente está enrarecido; no hay ningún interés de discutir las diferencias, entre dos posiciones enormemente ideologizadas.

El uno, por tener un discurso supuestamente de izquierda, Petro, y el otro, Noboa, con su política de gobierno fuerte, inclusive autoritario, donde la presencia norteamericana y la militarización de la acción estatal, juegan un papel importante. Lo que no deja de lado que los dos países requieren una política y una convivencia clara y realista, basada en el ejercicio sereno y democrático de la autoridad, que parecen desconocer tanto Petro como Noboa.

El problema de violencia y de corrupción que se vive a lo largo de la frontera común, con débil presencia estatal, compete a los dos gobiernos; pero Petro con su confusión y su embeleco de la paz total y Noboa con su autoritarismo y sus pataletas autoritarias, hacen que la situación no se resuelva y que, por el contrario, se agrave, con el beneplácito de los carteles de la droga y de diferentes formas delincuenciales, los grandes beneficiados con la situación, que les da un poder sin limitaciones.

Dejan de lado que la pelea no es entre ellos, sino con un enemigo común, su verdadero enemigo, el narcotráfico internacional y sus actores criminales, igualmente internacionales, que aprovechan su organización y poder para desarrollar otras actividades criminales enormemente rentables, principalmente en minería y en la explotación arrasadora de los recursos de su biodiversidad. Esta pelea es absurda, pues no debe ser entre los gobiernos sino contra las organizaciones criminales, que ambos deben abordar coordinadamente, mientras tanto, estas avanzan sin control, en sus actividades criminales.

Además, es un conflicto alimentado por el gobierno de Trump, a través de Marco Rubio, su Secretario de Estado. Su objetivo no es Colombia sino Gustavo Petro con su embeleco de la Paz Total, vista en Washington como una política de concesiones y cesiones a unos grupos armados que, ante la imposibilidad de su proyecto político y cobijándose con lo que fue su propósito revolucionario, se mantienen y fortalecen, ya no para la revolución sino para el negocio.

Al próximo gobierno lo espera una tarea monumental pero inaplazable, que empieza por reconocer que en el país se consolidó una empresa criminal transnacional, montada en la organización creada hace cincuenta años, para hacer la revolución que no fue y que acabó volviéndose delincuencial; atrás quedó la lucha política que le había dado origen.

Este cambio exige replantear el camino seguido, empezando por reconocer nuestra responsabilidad con el narcotráfico y las equivocaciones en la política seguida. Política que debe ser acordada con los otros actores, especialmente con Ecuador, donde también urge revisar lo hecho y dejado de hacer; no todo se reduce a echar bala. Si no se da una estrategia conjunta y coordinada, el problema seguirá creciendo y con ello, se agriarán aún más las relaciones entre los dos países y aumentará la presión norteamericana, que debe participar activamente, dada su papel fundamental en todo esto. Sin esas decisiones, no será posible establecer un frente común sólido y una política común a partir de reconocer el papel y la responsabilidad de cada país.


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