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6.402 y 18677: derrota de país
Fácilmente, estas dos cifras son las más dolorosas en nuestra historia como democracia.
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Jueves, 30 de Abril de 2026

Fácilmente, estas dos cifras son las más dolorosas en nuestra historia como democracia, y me atrevo a decir que son solo la punta del iceberg de los estragos de una guerra donde siempre, y en su mayoría, pierde la juventud (o la niñez), pierde el futuro del país.

Recientemente, miembros de las extintas FARC reconocieron el reclutamiento de 18.677 menores de edad, con fines de guerra y también con fines de explotación sexual, desde 1971 hasta 2016. El dolor aumenta si tenemos en cuenta la cantidad de jóvenes entre los 18 y 22 años con sueños y metas por cumplir que fueron arrebatados sobre todo del campo, de sus familias.

Nosotros, los citadinos, no comprendemos el desgarro que se siente cuando un hijo o una hija es reclutada para la guerra, el dolor es comparable a la muerte, porque en su mayoría eran las últimas veces que una madre tenía a su hijo cerca, un dolor constante de incertidumbre por no saber si ya lo mataron o cuando le llegará la terrible noticia.

Así mismo ocurría cuando aquellos jóvenes salían de casa y no volvían, desaparecían para luego aparecer falsamente como integrantes de alguna guerrilla asesinados por el ejército nacional, por el Estado. Una práctica sistemática que destruyó la legitimidad de la fuerza pública, las armas contra el pueblo por vacaciones o medallas.

La JEP establece que por lo menos 6.402 personas fueron ejecutadas extrajudicialmente para ser presentadas como bajas en combate por parte de la fuerza pública, sin embargo, hace dos días la misma Jurisdicción actualizó la cifra a 7.837 casos de falsos positivos y tal vez siga en aumento. En su mayoría las víctimas (y para sorpresa de nadie) eran jóvenes.

Aquí no se trata de cuál cifra es mayor, ni de quién tiene mayor responsabilidad; la paz no se construye desde la competencia.

El primer paso para dejar la guerra es entender su capacidad voraz de autodestruirnos, no importa en qué lugar nos ubicamos, lo que quiere la guerra es más guerra.

Repudio, rechazo y comprensión crítica. Son estos los pasos a seguir para analizar estas fracturas como nación que son el reclutamiento forzado y los falsos positivos: Repudiar ambos como actos condenables y repudiar a los actores victimarios (guerrilla y Estado). Rechazar lo ilógico de la guerra, rechazar estas dagas para no repetir el dolor. Y comprender críticamente que la responsabilidad no es la misma, la paz debe observar quien tiene la carga de cuidar o proteger y quien en desarrollo de su insurgencia daña incalculablemente el futuro de la sociedad.

Cometen un error quienes intentan darle la razón a uno porque sin evitar le lavan la cara al otro. A Colombia la mata la falta de comprensión de la paz, y no es raro, nacimos en conflicto y no hemos parado, no conocemos la tranquilidad, todos tenemos responsabilidad compartida y todos debemos ceder en favor de la paz y de las generaciones venideras.

En plena campaña por la presidencia decidí escribir esta columna, porque quieren politizar el dolor de las víctimas y peor aún, quieren clasificar el dolor de unas madres por encima del dolor de otras. La política oscurece el corazón: ahora las balas vienen en los discursos y en el silencio de los candidatos.

Las cifras de reclutamiento siguen vigentes y creciendo, se han transformado las estructuras criminales, siguen perdiendo los jóvenes por la falta de oportunidades, por la incapacidad del Estado, por la avaricia de los delincuentes.

La pregunta es: ¿Cuál es la estrategia de seguridad de los candidatos? El enfoque debe estar en el futuro, es decir, en los jóvenes. Quienes han servido de base para la guerra deben ser la base de la paz.

No se trata solo de aumentar el pie de fuerza o de invertirle a la tecnología para la guerra, tampoco se trata de lograr la paz solo en mesas de diálogo sin el conocimiento del territorio y sus necesidades.

Empiecen por dejar de politizar (elitizar y academizar) la paz o las discusiones sobre paz y seguridad. Acérquense a los jóvenes campesinos, acérquense a los pelados de los barrios, de los colegios en zonas vulnerables, pregunten sobre sus sueños, es allí donde debe estar la inversión pública, será eficiente, lo aseguro. Los sueños de los jóvenes tienen que ser entonces los sueños del país.


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