Salir de casa se ha vuelto la ocasión que los delincuentes aprovechan para hacer de las suyas en Cúcuta. No importa la hora que sea, la edad que tenga y ni siquiera si va a un establecimiento comercial, en la ciudad, parece ser que en ningún lugar se garantiza la seguridad.
El miedo dejó de ser una reacción ocasional para convertirse en una constante que modifica rutinas, relaciones y comportamientos. El aumento de los robos no solo se refleja en cifras oficiales, sino en una ciudad que camina en alerta permanente.
Las estadísticas, los testimonios de víctimas, la voz de líderes comunales y el análisis de expertos evidencian que ese delito es hoy uno de los fenómenos que más deteriora la calidad de vida, la salud mental y la confianza institucional en la capital nortesantandereana.
Las cifras que confirman la tendencia
Los números oficiales dan cuenta de una problemática persistente. La Opinión logró conocer que en lo que va de 2026, con corte al 29 de enero, el área metropolitana de Cúcuta registró 455 casos de hurto, lo que anticipa un inicio de año marcado por esta modalidad.
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El desglose muestra que el asalto a personas sigue siendo recurrente:
• 263 hurtos a personas
• 56 hurtos de motocicletas
• 55 hurtos de celulares
• 37 hurtos a residencias
• 30 hurtos a comercios
• 10 hurtos de automotores
• 2 hurtos de bicicletas
• 2 casos de fleteo
Durante 2025, las autoridades reportaron 5.171 casos de robos en general. De estos, 2.832 correspondieron a hurtos a personas, 704 a motocicletas y 800 de celulares, cifras que los consolidan como los delitos de mayor impacto en la cotidianidad ciudadana.
Sin embargo, estas cifras son solo el registro que maneja la institucionalidad, porque en algunos casos las víctimas no suelen denunciar por miedo, enojo o resignación.
Aunque las autoridades insisten en que existen operativos focalizados, para muchos habitantes los datos no son solo estadísticas, sino episodios repetidos que alimentan la sensación de vulnerabilidad.
Las modalidades
Las formas de robar se han diversificado y, en algunos casos, se han vuelto más violentas. En redes sociales circulan videos que evidencian cómo operan los delincuentes en distintos sectores de la ciudad. Uno de los casos ocurrió en Prados del Este, donde un hombre ingresó con casco a un local de helados y, en cuestión de segundos, se llevó el celular de una clienta.
En el barrio Chapinero, una mujer que caminaba con su hija fue perseguida por un desconocido que les robó los cuadernos que llevaban. Otro video muestra a una mujer que se movilizaba en motocicleta fue amenazada con un arma de fuego para despojarla de sus joyas; días después se conoció que la Sijín capturó al responsable.
En sectores como la ciudadela La Libertad y Quinta Oriental, los hurtos escalaron a hechos con disparos durante forcejeos. En uno de ellos, un joven que se opuso al robo de sus pertenencias recibió un impacto de bala en la pierna; en el otro, vecinos reportaron detonaciones durante el robo de una motocicleta en la madrugada, aumentando el temor en el sector.
“El cuerpo reacciona solo”: el relato de una víctima
Uno de los testimonios recogidos para este especial refleja la dimensión emocional del delito. La víctima relata cómo fue abordada por un grupo de motorizados cuando se desplazaba con una amiga entre Jardín Plaza y Prados del Este, en horas tempranas y con presencia de personas en el sector.
“Nos encerraron. Eran como cinco. Uno sacó un cuchillo y los otros nos amenazaban con la mano en la pretina. Fueron segundos angustiantes. Yo casi me caigo de la moto tratando de retroceder. A mi amiga le robaron la cadena, afortunadamente teníamos los celulares dentro de la moto”, relata.
Aunque logró escapar y el robo fue parcial, las consecuencias persistieron. “Después vomité del susto. Me mareé, no sabía por dónde irme. Hoy, uno ve un motorizado y el pánico se adueña del cuerpo”, afirma.
La víctima también cuestiona la indiferencia ciudadana: “Pasó un carro por el otro carril y nadie pitó, nadie reaccionó. Nos estamos acostumbrando a que roben y a quedarnos quietos”.
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El impacto psicológico: cuando el daño no se ve
Para la psicóloga Yineth Tatiana Rico Fuentes, profesora del programa de Psicología de la Universidad Simón Bolívar, el aumento de los robos tiene un impacto profundo que va más allá de la pérdida material.
“El hurto no solo genera un malestar emocional en la víctima, sino que transforma la relación del ciudadano con el Estado, con las instituciones y con el sistema de justicia”, explica.
Según la experta, la sensación de indefensión es uno de los efectos más frecuentes. “El ciudadano siente que quien debe cuidarlo no lo está haciendo. Eso deslegitima la institucionalidad, debilita la confianza en la Policía y en la Fiscalía y afecta directamente la salud mental”, señala.
El miedo, la desconfianza, la impotencia y la ira son emociones que se vuelven recurrentes cuando el delito se repite. Estas emociones sostenidas incrementan la ansiedad, reducen la denuncia y, en algunos casos, fomentan la idea de tomar justicia por mano propia.
Rico Fuentes advierte que hablar de una “normalización del miedo” es peligroso. “Cuando el delito deja de verse como una excepción y pasa a ser parte de lo cotidiano, la sociedad se adapta al daño. Eso es profundamente perjudicial desde lo psicológico y lo social”, afirma.
Incluso, cuando no hay violencia física, un robo puede provocar hipervigilancia, alteraciones del sueño, aislamiento y, en casos más graves, estrés postraumático.
El castigo existe, pero no siempre se siente
Desde el ámbito jurídico, el abogado Fabián Enrique Cubillos Álvarez, director de la Maestría en Derecho Penal de la Universidad Simón Bolívar, sostiene que el problema no radica en la ausencia de sanciones.
“El Código Penal colombiano contempla penas rigurosas. Un hurto simple puede tener penas de 32 a 108 meses de prisión. Un hurto calificado y agravado puede llegar incluso a los 25 años”, explica.
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Entonces, ¿por qué muchos capturados recuperan la libertad en pocas horas? El penalista enumera varias razones: baja cuantía del bien robado, ausencia de antecedentes, falta de flagrancia o el hacinamiento carcelario.
“Eso no significa que el proceso penal se archive. La investigación sigue, pero no siempre se impone una medida de aseguramiento”, aclara.
Cubillos insiste en la importancia de denunciar. “Cuando la víctima no denuncia, el aparato investigativo pierde interés. La denuncia es clave para combatir la reincidencia y permitir que el sistema funcione”, afirmó.
Barrios en alerta permanente
Desde el territorio, los líderes comunales describen una realidad compleja. Carlos Jesús Gámbora Gómez, presidente de la Junta de Acción Comunal de Quinta Oriental y de la Comuna 2, asegura que los robos se han vuelto recurrentes.
“En las noches y madrugadas se meten a los porches, roban autopartes, bicicletas, lo que encuentren. El atraco en moto y el raponeo se ven todos los días”, señala. El líder también alertó sobre la disminución de la presencia policial.
“Antes teníamos más patrullajes. Ahora nos quitan una patrulla para reforzar otros sectores y quedamos desamparados”, dijo.
Según Gámbora, la problemática se extiende a varios barrios de la comuna 2, desde Barrio Blanco hasta Los Acacios, donde los residentes viven con temor constante. Además, advirtió que la problemática se agudiza en el entorno de la Universidad Francisco de Paula Santander (UFPS), donde estudiantes y transeúntes se han convertido en blanco frecuente de robos, especialmente en horarios de ingreso y salida.
Cuando el tejido social se rompe
Para la trabajadora social Carolina Ramírez Martínez, investigadora del Centro de Investigación en Estudios Fronterizos de la Universidad Simón Bolívar, el aumento de los robos está fracturando la convivencia barrial.
“Cuando crece la violencia, se rompe la confianza entre vecinos. La gente empieza a sospechar de todos, se encierra, cambia rutinas y deja de habitar el espacio público”, explica. Ese abandono, advierte, se convierte en un terreno fértil para la delincuencia.
“Los espacios que no se habitan son copados por quienes cometen delitos. Se pierde el parque, la calle, la cancha, que antes eran puntos de encuentro”, señala.
Ramírez sostiene que la inseguridad no puede analizarse solo desde lo policial. “También tiene que ver con empleo, educación, oportunidades y presencia institucional. Cuando el tejido social se debilita, la delincuencia encuentra más espacio”, afirma.
La respuesta institucional
Desde la Policía Metropolitana de Cúcuta aseguran que cuentan con herramientas para identificar los sectores más afectados por el hurto y que concentran esfuerzos investigativos y operativos en esas zonas.
Indicaron que se adelantan seguimientos a bandas delincuenciales y se realizan reacciones focalizadas en horarios críticos, con apoyo de unidades de investigación criminal e inteligencia.
Las autoridades enfatizaron en su compromiso para reducir los índices delincuenciales, y solicitaron a la comunidad denunciar y ayudar a suministrar información que permita dar con los responsables y desarticular las bandas.
Alerta permanente
Finalmente, más allá del número de capturas, el verdadero desafío pasa por construir una política de seguridad sostenida, una justicia efectiva y una ciudadanía que vuelva a confiar en que denunciar vale la pena.
La pregunta ya no es solo cuántos robos se cometen, sino cuánto tiempo más puede una ciudad acostumbrarse a vivir en alerta permanente.
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