John Díaz (29 años) tiene alma de poeta. Lleva años escribiendo poemas, cuentos y relatos con temáticas relacionadas con el desamor, la complejidad de las relaciones humanas y el dolor físico. Quienes lo conocen, saben que frecuenta la biblioteca central de la Universidad Nacional para leer libros y documentos, revisar el correo electrónico y el Facebook, y emprender investigaciones desde alguno de los computadores.
Todo esto, a pesar de ser ciego, gracias a ‘Convertic’, una herramienta digital que le brinda a 1.200.000 personas con discapacidad visual en Colombia la posibilidad de descargar de manera gratuita el lector de pantallas Jaws 15.0, y un magnificador de pantallas. El primero, es un aplicativo para ciegos que interpreta códigos y textos mientras una voz robótica les ‘lee’ dichos contenidos en voz alta; y el segundo es un software para personas con baja visión, que aumenta hasta 16 veces el tamaño de los objetos proyectados en pantalla. En el mercado, el software original Jaws tiene un valor aproximado de $3 millones; de allí la importancia de la marca país con la cual MinTIC garantiza la inclusión de los invidentes a la tecnología.
A John, ‘Convertic’ le ha trazado un camino luminoso. Cada vez que utiliza el computador, mueve las manos rápidamente mientras sus dedos tamborilean el teclado con animosidad. Este bogotano de 29 años, ciego desde los 17, ha forjado su destino pese a las duras circunstancias que se le han planteado desde cuando perdió la vista: hoy es licenciado en Educación con Énfasis en Humanidades y Lengua Castellana (de la Universidad Distrital), y trabaja en la Fundación Ver ayudando a personas que como él son invidentes.
“El computador es mi herramienta de trabajo y ‘Convertic’ me permite utilizarlo. Este software permite que me desempeñe de manera integral e independiente en mi actual empleo”, asegura Díaz. Pero no sólo le sirve para asuntos laborales: como amante de la buena literatura, ha podido leer obras de sus autores favoritos, como El otoño del patriarca (de Gabriel García Márquez) o El llano en llamas (Juan Rulfo).
Díaz explica que no es lo mismo nacer invidente, que quedar ciego en algún momento de la vida. “A los 13 años me pegué en la cabeza jugando fútbol, entonces se desprendieron mis retinas”, explica. Esto lo obligó -como él mismo afirma- a cursar un “preparatorio de cuatro años hacia la ceguera”. Poco a poco, su visión se desmoronó hasta el punto de solo poder ver de día: “Me pasó como a las gallinas: de noche, no podía ver”. A los 17 años, después de que le diagnosticaron glaucoma y blanqueamiento de nervios ópticos, la oscuridad total ha sido su compañera. “Quedar ciego es una locura, una especie de maldición que se debe conjurar si se quiere salir adelante”, explica mientras extiende las palmas de sus manos hacia arriba, como si fuera a entonar una plegaria.
La ceguera aguzó sus oídos, que “los videntes tienen atrofiados porque los usan a medias”, sostiene. Entonces se acostumbró a caminar con la ayuda de su inseparable bastón e incluso, a moverse por una ciudad de calles atiborradas de personas, donde los peligros se hacen inminentes para cualquier transeúnte pero se acrecientan para alguien en su condición. Pero a él no le importa: “La ceguera no me va a impedir cumplir con mis sueños”. De hecho, a base de tesón pudo culminar sus estudios y convertirse en profesional. “Cada barrera que se me presentaba era un nuevo reto para llegar hasta donde me lo proponía”, exclama.
El caso de Lorena
Lorena Pérez (26 años) también es invidente. Pero a diferencia de John Díaz, es ciega de nacimiento. Ella y su hermana mayor, Johanna Pérez, nacieron con microftalmia, un mal congénito que ataca en su mayoría a las mujeres. “Ser invidente de nacimiento no es traumático porque se convierte en la cotidianidad. Uno no extraña lo que nunca ha tenido”, sostiene. Y aunque no tiene un concepto claro de lo que son los colores ni las formas de los objetos, en su cabeza ha construido mundos alternos asociados a olores y sonidos, lazos ineluctables que reafirman su relación con las personas.
Hoy Lorena cursa último semestre de Licenciatura en Humanidades e Idiomas en la Universidad Libre. Su primer contacto con la tecnología fue a los 10 años, en un computador Braile que le prestaron en el INCI (Instituto Nacional para Ciegos). Con ‘Convertic’, encontró un puente para avanzar en sus estudios universitarios. También le ha permitido divertirse con la música (una de sus grandes pasiones), ya que puede grabar canciones utilizando programas como Adobe Audition y SoundForge Pro.
En el barrio Carolina III (localidad de Suba) tiene fama de ser una muchacha colaboradora y servicial, con una vocación irreductible por la enseñanza. No en vano, frecuentemente les ayuda a los niños del sector a culminar sus tareas escolares de inglés y español.
Lorena y John son testimonios que avalan cómo la tecnología ayuda a los invidentes a estudiar, encontrar trabajo y acceder a todo tipo de información que les proporciona mejores condiciones de vida. Actualmente, según cifras del MinTIC, se han realizado desde febrero hasta la fecha un total de 70.955 descargas de ‘Convertic’.
Cifras del DANE y el INCI
Cerca de 1.200.000 invidentes y personas con baja visión viven en Colombia
79.880 personas con discapacidad visual viven en Bogotá D.C.
11.721 estudiantes con discapacidad visual están matriculados en instituciones educativas. -10.7555 tienen baja visión; 966 son ciegos
3.772 son las instituciones educativas del país con niños ciegos o de baja visión
518 universitarios con discapacidad visual hay en el país.
2.380 invidentes han recibido talleres para aprender a usar ‘Convertic’, en las 5 ciudades con mayor concentración de población con discapacidad visual: Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Cartagena.
