Trato de boca
Cerca del 35 por ciento de la población colombiana vive en arriendo, según datos suministrados por Fedelonjas, eso abarca una población alrededor de los 18 millones de personas. Con la presencia de migrantes venezolanos estas cifras han variado en el país, ya que más del 92,4 por ciento de las familias migrantes viven en arriendo según revela la Encuesta de Calidad de Vida e Integración del Proyecto Migración Venezuela.
Tomando en cuenta que cerca del 58 por ciento de los venezolanos en el país están de forma irregular según reporta Migración Colombia, es cuesta arriba para ellos hallar una vivienda por las vías habituales. Esto permite que la mayoría de los contratos de arriendo sean verbales, sin algún pacto firmado o legalizado en una notaría.
En la Encuesta Regional de Desalojos de las Personas Refugiadas y Migrantes de Venezuela, publicado por la plataforma R4V en febrero de 2021, se destaca que en Colombia el 78,1 % de los encuestados tienen un contrato verbal, mientras que apenas el 11,8 % posee un contrato escrito y el 8,3 % no tienen ningún tipo de acuerdo.
“Los contratos verbales en la región se asocian con una menor seguridad de la tenencia de las viviendas y pueden producir, más fácilmente, interpretaciones diferentes del alcance de lo acordado y producir conflictos entre las partes. Los contratos verbales, además, por lo general, no llegan a resolverse por las entidades encargadas de impartir justicia o encontrar alternativas de mediación”, explica el documento en su análisis.
Este tipo de acuerdo representa un riesgo enorme, ya que en cualquier momento el inquilino puede ser desalojado. “Las personas refugiadas y migrantes de Venezuela que participaron en la encuesta, y que no tenían contratos o autorizaciones sobre sus alojamientos o viviendas, fueron desalojados en más de un 60%, mientras quienes tenían contrato escrito, lo fueron en cerca de un 30%”, agrega la encuesta.
Por esa situación pasó Manuel que se cansó de buscar un sitio ideal tratando de buscar formalidad. “Me fue imposible, entonces llegaron los días de pandemia, me quedé sin trabajo, mi hija no pudo seguir vendiendo los accesorios y la ropa que ofrecía y no pudimos pagar, por eso nos desalojaron”.
Cuenta Manuel que tuvo que alojarse en una carpa en la autopista Norte de Bogotá, donde estuvo cerca de un mes junto a un grupo de unas 700 personas que decidieron retornar a Venezuela. Manuel junto a su hija y el yerno decidieron quedarse en Cúcuta.
“Acá conseguí trabajo como repartidor y mi hija logró retomar la venta de ropa con su esposo”. Juntos arriendan una casa en el barrio Atalaya, lograron un acuerdo firmado con el dueño de la casa.