Mientras en muchos hogares de Norte de Santander el Día de las Madres está colmado de flores, abrazos y reuniones familiares, en otros el calendario solo marca una fecha dolorosa. Para cientos de mujeres en el departamento esta celebración dejó de ser motivo de alegría hace años, cuando el conflicto armado les arrebató a sus hijos.
Algunas esperan desde hace meses. Otras llevan más de dos décadas sosteniendo una búsqueda que parece interminable. Todas comparten el mismo vacío: no saber dónde están sus hijos, si fueron reclutados o desaparecidos.
En el departamento, precisar el número exacto de madres buscadoras es complejo. Sin embargo, de acuerdo con la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, existen 1679 personas buscadoras, de las cuales 1074 son mujeres, entre madres, hermanas y esposas.
En tanto, registros de la Unidad de Víctimas, citados por la Procuraduría, hasta el 30 de abril de 2026 un total de 11.830 niños, niñas y adolescentes habían sido vinculados a actividades de organizaciones armadas ilegales en el país, lo que indica que detrás de esta cifra, también hay madres que buscan y esperan.
En este especial del Día de las Madres, tres mujeres abren las puertas de su dolor. Sus historias tienen tiempos distintos, pero una misma herida: la guerra les quitó a sus hijos y les cambió para siempre la vida.
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“No tengo vida para nada”
El pasado 5 de febrero, Carolina sintió que el mundo se le vino abajo.
Su hijo, de 19 años, desapareció luego de que hombres armados se lo llevaran en una camioneta, en Sardinata. Desde entonces, no sabe nada de él.
La mujer recuerda que hace tres meses también cambió su propia vida. Tenía programada una cirugía, pero tras la desaparición de su hijo decidió aplazarla. “No tenía cabeza para operarme”, cuenta. Finalmente reunió fuerzas y se sometió al procedimiento el 25 de febrero, aunque asegura que nunca volvió a sentirse igual.
“Mi vida prácticamente se detuvo”, dice con la voz quebrada.
Carolina es madre de seis hombres y dos mujeres. Nunca antes había vivido algo semejante. Ahora pasa los días encerrada en su habitación mirando fotografías del joven, preguntándose si estará vivo, si come, si duerme o si alguien le hará daño.
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Las noches son aún peores. Dice que apenas logra dormir y que las madrugadas se convirtieron en eternas vueltas sobre la cama, acompañadas de lágrimas silenciosas.
Su cumpleaños, el pasado 10 de abril, fue uno de los momentos más duros. No hubo torta ni celebración. Solo una madre rota por dentro.
La incertidumbre también golpeó la economía del hogar. Su hijo desaparecido ayudaba con los gastos de la casa, pero ante su ausencia, el menor de sus ellos, de apenas 16 años, tuvo que abandonar los estudios para empezar a trabajar en un taller y así ayudar con el pago del arriendo y de la alimentación.
Sus hijas permanecen pendientes de ella, preguntándole si ha comido o si recibió noticias, mientras Carolina intenta mantenerse fuerte para no aumentar el sufrimiento familiar.
A pesar del miedo, no ha dejado de buscar.
Ha acudido a la Personería, habló con el obispo de la zona y con líderes religiosos del Catatumbo. Incluso, ha pensado ir hasta el sitio donde cree que puede encontrar a los comandantes del grupo armado ilegal que se llevó a su hijo, pero teme no regresar.
“Por allá hay muchas matazones”, susurra.
Las respuestas que recibe son casi siempre las mismas: “Hay que esperar”.
Pero Carolina siente que una madre nunca está preparada para esperar sin respuestas.
Hoy, su único anhelo es volver a abrazar a su hijo. Vivo o muerto. Solo quiere saber dónde está.
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“Ya uno no celebra”
Han pasado 14 años desde que Jean Carlos desapareció, y para Belza María Sánchez Rueda el tiempo parece haberse detenido en aquel día de 2012.
Su hijo trabajaba como taxista. Según conocieron después, llevaba a dos hombres en una carrera cuando fue llevado hacia Puerto Santander. El hermano de uno de los pasajeros les contó que paramilitares los interceptaron y posteriormente los asesinaron en el sector de Aguas Claras, en Ocaña.
Desde entonces, Belza María vive atrapada entre la resignación y la esperanza.
“Yo parí nueve hijos, pero hoy solo me quedan ocho”, afirma.
Jean Carlos era quien llegaba cada Día de las Madres con flores y una torta. Ahora, aunque sus demás hijos intentan mantener viva la tradición, ella siente que las celebraciones perdieron sentido.
“Ya uno no celebra. Todo se va acabando porque hace falta él”.
La desaparición de Jean Carlos no solo dejó dolor. También sembró miedo en toda la familia. Una de sus hijas tuvo que desplazarse hasta Pereira un tiempo, luego de recibir amenazas y ser perseguida incluso en su trabajo.
Belza María recuerda aquellos días como una época oscura en la que la familia vivía aterrada, mirando constantemente sobre los hombros.
Con el tiempo aprendió a sobrevivir al dolor, aunque nunca a olvidarlo.
Su esposo murió hace diez años sin volver a ver a Jean Carlos. Hasta el último día mantuvo la esperanza de encontrarlo.
Pese a todo, Belza María sorprende por la serenidad con la que habla de quienes le hicieron daño a su hijo. “No tengo rencor”, asegura.
Dice que aprendió a perdonar porque cargar odio solo profundiza las heridas. A los responsables les pide abandonar la violencia y responder ante Dios por sus actos.
Su mensaje para otras madres buscadoras nace desde la experiencia de quien aprendió a vivir con la ausencia.
“Hay que agarrarse de Dios y seguir luchando por los hijos que quedan, sin dejar de buscar al que falta”.

24 años esperando a Elvis
Gladys ya perdió la cuenta de las veces que ha imaginado el regreso de su hijo.
Elvis Luis Vargas Jaimes desapareció el 6 de abril de 2002. Tenía apenas 17 años.
Era el mayor de cuatro hermanos y, según las versiones conocidas posteriormente, habría sido reclutado por el frente Fronteras del Bloque Catatumbo de las Autodefensas Unidas de Colombia.
Han transcurrido 24 años, un mes y 18 días desde entonces.
La desaparición de Elvis destruyó mucho más que una familia.
También quebró la salud de Gladys.
En medio de la búsqueda sufrió un infarto. Luego aparecieron la hipertensión y la diabetes. Dice que el dolor le fue enfermando el cuerpo lentamente.
Además, ha recibido amenazas y enfrentado innumerables obstáculos intentando conocer la verdad.
Pero el sufrimiento no terminó allí.
Su padre, quien la acompañaba en la búsqueda, enfermó y murió. Su hermano, que ayudaba a buscar a Elvis y lo había llamado para trabajar el día de su desaparición, también fue asesinado por paramilitares.
“La vida cambió totalmente”, resume.
Cada Día de las Madres coloca una fotografía de Elvis sobre la mesa. Es una forma de hacerlo presente en medio de la ausencia. “Uno nunca vuelve a estar completo”, afirma.
Parte de las respuestas llegaron años después, en medio de las confesiones de exparamilitares. Jorge Iván Laverde Zapata, alias El Iguano, reconoció que Elvis y otros cuatro jóvenes fueron llevados por hombres armados.
Según relata Gladys, el exjefe paramilitar le dijo durante una diligencia de la Comisión de la Verdad que posiblemente los muchachos fueron trasladados hacia territorio venezolano y asesinados allí.
También le sugirió buscar en el cementerio central de San Cristóbal (Táchira). Ella fue, porque una madre no deja de buscar aunque pasen los años, aunque el cuerpo se canse o aunque la esperanza se haga cada vez más pequeña.
Gladys insiste en que el peor castigo para una madre es no saber, por eso pide a los grupos armados que aún siguen enfrentados en el país que “no desaparezcan más personas. Si alguien muere, por lo menos permitan enterrarlo. El dolor más grande es no saber dónde está un hijo”. Su voz se quiebra, pero no se detiene.
Como tantas madres en Colombia, sigue viviendo entre la memoria y la incertidumbre.
Y mientras el departamento celebra el Día de las Madres, ellas continúan esperando una llamada, una pista, un nombre en una lista o una noticia que cierre décadas de angustia.
Porque para las madres de los desaparecidos no existen finales felices ni celebraciones completas, solo la esperanza obstinada de volver a encontrar a sus hijos.
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