Los sabios orientales enseñaban a sus discípulos a girar los instantes con una canción repetitiva, O, a presentir el tiempo en la consciencia y depositarlo en el rincón del alma donde se reúne el pasado con el futuro.
Y llamaron Mantra a ese orden espiritual, a la elegancia serena de la intimidad, al eco inspirador que repicaba la costumbre bonita de la vida, de asomarse desde su propia armonía y volverse un milagro perdurable.
En su concentración recitaban y meditaban, canjeaban el temor por la sensatez e imaginaban la belleza como una madrugada renovando sus colores, o un sol tupiendo hendiduras para esconder allí el amor.
Explicaban la dualidad del sonido y el silencio, de la sombra y la luz, y cómo absorber la bondad de la creación, bajarla a los sentimientos, como un caracol de ilusiones, y regar -como la lluvia- la pureza del corazón.
Asimilaban en ritmo de viento la voz universal, el esplendor de la esperanza que descendía para pintar la fragilidad con tonalidades de iluminación y desplegar, ante los ojos, la majestuosidad del infinito.
Entonces el destino se conmovía y comenzaba a construir un sueño para ellos, regocijado al saber que los humanos no somos tan escasos -como parecemos-, y los asomaba a una lejana y primaveral pradera de añoranzas.
El Mantra nos hace libres y disuelve el orgullo, concilia la vieja querella del azar con las emociones, para dejar fluir el presente y acogerlo, en el amanecer, en el regazo de su hora azul.
(Yo no he sido capaz, todavía, de desenredar mis lunas y hallar mi mantra, sólo espero algún soñador emergiendo de la poesía…y de la música.)
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