Un día, el tiempo noble decidió partir y nos dejó sin las costumbres bonitas, sin esa semilla de ingenuidad que retoñaba, sin la virtud de hacer de los actos un cortejo a los valores ancestrales.
Las vivencias duermen ahora, igual que las palabras querendonas, los personajes dignos del Don y la Doña, las jaulas de pajaritos consentidos y las tortugas, que eran parte de las casas…en fin.
Los antecedentes fueron bellos, boleros, río, amores, ternura, trenzas, campanas, cartas, jugos, cometas, dulces de platico, pocicles, sonrisas y relatos llenos de una picardía deliciosa y socarrona.
El inventario nostálgico está en los escaparates, juegos de parqués, discos de acetato, retazos tupidos por las nonas, fotografías en blanco y negro, diarios, pequeñeces, castañuelas, espejos y cosas viejas…tan queridas. (No estoy inventando nada, todo eso fue verdad…).
A veces un suspiro lo trae -como se hacía con los mandados, y los vueltos, de la tienda-, como una reserva de esperanzas para consolar el declive de los testimonios y las anécdotas de antes, o asilarlos en el corazón.
El recuerdo baja cariñoso en el aroma del café mañanero o, aún, va a misa a Los Redentoristas con las niñas piadosas, vestidas de flores y velos primorosos, antes del sancocho dominguero o la fiesta de panches saltando en la atarraya…
No sé qué fue de nuestro patrimonio, quizá se marchó en algún viento de junio, llevando consigo las tradiciones… ¿Qué haremos ahora, tan lejos del tiempo bueno?... Tal vez, darle una serenata de gratitud -con el trío Los Alteños-, en cualquier madrugada cucuteña.
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