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Las estrellas caen mansas en el alma…
Los caminos, el rocío husmeando donde regarse y las piedras silenciosas, decoran la penumbra otoñal con el murmullo de la nostalgia, e inician la caravana peregrina de sonidos fraternales que bajan al lago.
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Lunes, 20 de Octubre de 2025

Yo sólo sabía del otoño por los versos bonitos que lo describen, pero, ahora, he tenido la oportunidad de vivirlo en el color verde que se desvanece, sutilmente, para dar paso a un amarillo oscuro que tirita.

Los pájaros pasan -como en fuga-, anunciando el invierno, y lo pregonan, además, las ardillas grises, los patos en su desfile, el intenso frío, las mariposas, las abejas, en fin, el majestuoso escenario de un jardín natural.

Eso me gusta del parque de Boston donde voy a leer, a disfrutar la gracia de la mañana asomando su belleza y su ternura, en una alianza bonita con la quietud, la risa de los niños y el eco ancestral de una calma bondadosa.

Los caminos, el rocío husmeando donde regarse y las piedras silenciosas, decoran la penumbra otoñal con el murmullo de la nostalgia, e inician la caravana peregrina de sonidos fraternales que bajan al lago.

El viento teje con dedos de cielo un paisaje que invita a los colores al reposo, a descansar -de tanto brillo- y entonar una canción invernal que recuerda el deber ser espiritual de las estaciones…y la brevedad de la vida.

Y uno escucha cómo la luz comienza a suspirar y se torna sumisa, espesa, densa, porque el péndulo del tiempo se mueve más despacio, como si un presentimiento atrapara dóciles añoranzas viajeras.

Es la ilusión de espera primaveral, para comenzar de nuevo un sueño de amor, hecho de sol y de luna, mientras las estrellas -antes sostenidas por la inmensidad- caen mansas en el alma.


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