(A los difuntos amigos)
La muerte se acerca en su velero hecho de cenizas, soledad, flores y silencio, con una mirada fúnebre y la sabiduría del horizonte, y -conmovida- saluda a los peregrinos desconcertados que encuentra en su puerto.
La ausencia se hace solemne y triste, más ancha, porque deja el amor sembrado de olvido, con penumbra y lágrimas, duelo y un gran pesar, propios de la fragilidad humana que no entiende la transferencia del presente al pasado.
Y trae y lleva el flujo del destino, y uno no sabe cuándo se detiene en una u otra puerta, o si sólo difiere los días buscando -en el rumor incierto del tiempo- el oriente de su veleta, con un compás espiritual dibujando su ruta.
Es amiga - aliada- de la libertad, la bordea como los marineros en cabotaje - por las orillas - hasta enamorarla y partir con ella a la casa mayor azul, donde reposan las estrellas cansadas de titilar y hay una habitación para nosotros.
Es astuta y cauta, siempre va tras de algo, un faro de luz lejano, un repique de campanas lentas, una nostalgia escondida, o un huerto donde plantar su melancolía y cosechar una piedad que alivie el vacío que deja.
Es como la sombra de un pueblo pequeñito sembrado en el paisaje, una montaña coronada de niebla que anhela el sol, o un arroyo de eternidad donde lava su distancia mortal y sale a pasear, orgullosa, el estandarte de su poder.
Sólo queda tejer la condolencia con los momentos nobles que la vida cuelga en un perchero, desde donde atrae mariposas y pájaros que se posan en el alma, esperando -cada mañana- la sombra protectora de los difuntos amigos. (A veces se esconde en un espejo para acechar un capricho imprevisto del azar).
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