La naturaleza es el tiempo luminoso de la creación, su silencio majestuoso, la fiesta de colores, luces y sombras, de mariposas, alondras, abejas, ardillas, flores, árboles, paisajes…es la crisálida de la belleza.
Y narra rutas de lagos, lagunas, montañas, el inmenso mar, el cielo azul, la aurora aclarando y el crepúsculo con sonrisa rosada, con relatos sugerentes de inspiración para celebrar el mundo en una sinfonía inmortal.
Los recuerdos suelen emerger de sus ojos de búho en la penumbra, del tejido lento y nocturno de las arañas, cuando la fascinación de la luna emana semillas de serenidad y las siembra de azules en el alma.
Hasta que el sol, en su balcón, convoca al infinito a posarse en las manos, a convertirse en instantes de paz, en un pétalo en flor seduciendo colibríes o en la melancolía -titilante- de las estrellas.
Del amanecer brota un viento peregrino, un arrullo de rumores y canciones de libertad, cestos de panes y frutas con ese aroma doméstico del afecto cuando, pleno de sencillez, ronda las ilusiones nobles.
Y consuela pesares con la intuición sentimental de muchos sueños, cuelga anhelos en los picos de los pájaros, mientras hadas, duendes y sirenas anuncian que el genio de la lámpara está concediendo deseos.
La naturaleza se envuelve en su perfección, como un caracol, se refleja en un arroyo blanco, se dibuja en las rocas del camino, se oye en el eco de un carpintero, en la nostalgia del rocío antes de la lluvia, o en un bambuco bonito que enamora…
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